El presidente Donald Trump está rodeado por diversas crisis que son producto de su propia circunstancia en los asuntos internacionales. Primeramente, tiene la crisis iraní, que se provocó por su decisión de atacar, junto con su cómplice Benjamin Netanyahu, sin un propósito definido, a Irán en febrero pasado. Los resultados están a la vista de todos. El estrecho de Ormuz, motivo de una nueva disputa entre Teherán y Washington, ha sido motivo para que Washington vuelva a bombardear a Irán y, además, lo sancione económicamente en forma aún más furibunda y amenace al mundo entero para que no establezca ninguna transacción económica y financiera con Irán (habrá represalias económicas a cualquier país que ofrezca “cualquier tipo de salvavidas a Irán”, Trump dixit). A esto se agrega las diferencias que afloraron entre Trump y Netanyahu a propósito de la estrategia de Trump en Irán, la cual, antes del último bombardeo señalado, incluía una postura más condescendiente frente al autocrático régimen de los ayatolas. Dentro de todo, la política frente a Irán por parte de Washington ha estado llena de vaivenes y altibajos, que la hacen, por lo menos, ser una política exterior fracasada, sin rumbo ni estrategia visible. Se trata de una política hueca, fallida, que adolece de sentido estratégico y responde completamente a las conocidas ocurrencias del Trump de siempre, que ha profundizado en su comportamiento errático. Todos estos hechos han convulsionado a la región de Oriente Medio, desequilibrado los precios del petróleo y alterado la economía y el mercado mundiales. Y todo se origina en el capricho de Trump de atacar Irán sin haber concluido las negociaciones que estaban en todo su esplendor en Ginebra, antes de que iniciara con el bombardeo. La reciente amenaza de Irán, revelada por el Financial Times, de atacar objetivos militares estadunidenses en Europa en caso de que Trump escale el conflicto, es una de las últimas consecuencias de esta absurda guerra.
El otro frente abierto es la guerra de Rusia contra Ucrania y el conflicto que se ha desarrollado en esa parte de Europa y Eurasia. Vladimir Putin, el principal responsable de este conflicto, se ha visto beneficiado por la extraña benevolencia de Trump, quien lo ha tratado más como un aliado que como el desestabilizador de Europa. Esta extraña relación entre ambos, apunta a reforzar la mitología de la frontera tan presente en la historia de EU desde que Frederick Jackson Turner se refiriera a ella en su libro La frontera en la historia estadunidense. En este desarrollo se pone de manifiesto la aparición del “tipo duro” en la hechura de la política exterior y en este ruedo las figuras de Trump y Putin resaltan y se encuentran en un ejercicio retórico circular. La insistencia de Putin de continuar la guerra –y el último bombardeo contra objetivos civiles lo demuestra– pone de manifiesto que el presidente ruso mantiene presente su objetivo de tener amenazada a Europa de conflictos similares, sobre todo en el Báltico y en Polonia. A pesar de que Trump reconoce esta nada sutil encomienda de Putin, no ha hecho nada en concreto por detener a Rusia en su ofensiva contra sus aliados europeos y de la OTAN. Al contrario, ha dado la espalda a los intentos de renovación que los miembros de la OTAN han pretendido llevar a cabo en su objetivo de buscar espacios conciliatorios con el trumpismo. La guerra en Ucrania y su respuesta a la misma de parte de Trump, es la evidencia de otro fracaso en política exterior que el gobierno de Trump carga en sus espaldas.
Mientras tanto, en Cuba, Washington ha reforzado su ofensiva de desestabilización de todos los aspectos de la vida cotidiana en la isla. Aparte de declarar, esta vez sí, un bloqueo al país, ha continuado imponiendo sanciones en contra de personeros del régimen y otros actores e instituciones. Recientemente el gobierno estadunidense incluyó en su lista de sanciones a tres cubanos y nueve entidades de Cuba acusadas de “subvertir” a individuos e instituciones de Estados Unidos con el pretexto de realizar intercambios educativos y culturales, tal y como lo declaró el secretario de Estado, Marco Rubio. Entre los sancionados está el presidente del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP), Fernando González Llort y a la vicepresidenta primera Noemí Ramona Rabaza Fernández, así como a la directora para América del Norte, Leima Martínez Freire. Entre las entidades sancionadas aparecen la empresa de níquel Comandante Ernesto Che Guevara, que opera en los sectores metalúrgico y minero de la economía cubana. Estas son algunas de las sancionadas. El objetivo de Trump es el de minar todos los factores de estabilidad, hoy precaria, que Cuba aún conserva. Se trata de tres frentes abiertos que bien pueden rebasar los límites de las capacidades del sistema racional de política exterior de EU y que podrían apuntar a un desgaste gradual de las capacidades del Departamento de Estado, revirtiéndose con ello los propósitos neoimperiales que Washington pretende imponer en el sistema global de nuestros días.
