La tenebra de lo exclusivamente personal

 

La tenebra se impone entre los pasillos, las páginas y las conversaciones cuando se trata de entender, con el mínimo de claridad, lo que sucede en el lamentable espectáculo de nuestra política al estilo de la nueva escuela. Cuando se cree que se observa un certero movimiento de las piezas en el tablero de la ignominia, no falta quien da un golpe en la mesa para reclamar su derecho a erigirse como el nuevo paradigma de aquello que no sólo nos causa conflicto y perplejidad, sino que despierta todos los cuestionamientos posibles acerca de quiénes son los que tienen entre sus manos el destino de nuestro país. Un espectáculo que sólo aplauden quienes han optado por distorsionar la realidad a través de la miopía del fanatismo.

Ya son muchas las teorías y las apuestas que intentan explicar la decisión de Rubén Rocha Moya de regresar a sus funciones como gobernador del estado de Sinaloa. Al parecer esta determinación ha descolocado al oficialismo entero brindándole un  ejemplo prácticamente inobjetable de lo que ha implicado su propio estilo de gobierno: el único argumento que presenta el actual gobernador sinaloense es que todo su caso se reduce a “patrañas que se han urdido  en mi contra por personeros de la ultraderecha”. Luego de leer la contundencia de esta frase, cualquiera podría suponer que todos los engranajes del oficialismo aceptarían a su corifeo para aplaudir la valentía de uno de sus más claros próceres. O al menos así se había entendido cuando en numerosos actos oficiales se terminaba por apagar los cuestionamientos y señalamientos hacia Rocha Moya con el típico “¡No estás solo!” con el que suele medirse la orfandad ética y moral. ¡Ah, inclusive cuando esa suerte de asociación al estilo Liga de la Justicia que son los gobernadores adscritos al partido en el poder tuvo a bien publicar uno de sus desternillantes desplegados el día 12 de agosto de 2024! Quizá sea prudente recordar uno de esos párrafos en los que el dream team de gobernadores del oficialismo plantearon que: “Ratificamos nuestra confianza en el gobernador Rocha Moya, cuya probidad y vocación de servicio están más que acreditadas. Desde  que inició en el servicio público hace ya más de tres décadas, nuestro compañero se ha caracterizado por su honestidad y respeto irrestricto a la ley. En este proceso de Transformación siempre ha desempeñado sus funciones bajo los principios del movimiento…”.

Ahora bien, ¡cuánto ha cambiado el escenario político desde aquellas acusaciones formuladas por la Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York en las que se plantean los posibles vínculos de dicho personaje con el crimen organizado y, en especial, con el Cártel de Sinaloa! Un cambio que ha motivado a que esa misma suerte de intachable club haya redactado otro desplegado el día viernes –con la misma rapidez y dedicación con la que observan sus presupuestos anuales– en el que se puede leer, con la perplejidad y contradicción –y el humor correspondiente–, lo siguiente: “El movimiento que iniciamos junto al pueblo de México se sostiene sobre pilares éticos e institucionales indestructibles en la Cuarta Transformación, las decisiones individuales jamás estarán por encima del proyecto colectivo ni del mandato ciudadano (...) Los proyectos políticos personales o de grupo no tienen cabida cuando se contrapesan con el bienestar de la nación (…)”.

Y, entonces, ¿en tan poco tiempo se vino abajo ese impulso retórico con el que apenas hace unos cuantos días se protegía a Rocha Moya desde la tribuna presidencial? Lamentablemente, las teorías van y vienen, los supuestos y los juegos conspiranoicos han terminado por imponer su tenebrosa lógica en un momento en el que la violencia y la corrupción no dejan de ser las constantes de lo cotidiano en todos los niveles de gobierno, ni entre una sociedad que, con suerte, observa con perplejidad lo que sucede entre los miembros de las altas esferas de la cortesilla política. Quizá la palabra justicia, escrita y pronunciada en inglés, ha levantado escozor entre quienes presumen el nuevo estilo retórico que han desarrollado ante su leal feligresía.

En medio del caos que todo esto implica, las únicas posibles conclusiones son las que pueden alertarnos aún más: primero que esa posible simbiosis entre el crimen organizado y los gobiernos locales no sólo son un factor único de Sinaloa. Y, por supuesto, que quienes terminan por pagar a un alto costo toda esa tenebra es la sociedad misma, pues diversas instituciones –principalmente las encargadas de impartir justicia– se hunden cada vez más gracias a su silenciosa complicidad o al cinismo con el que se colocan sus lentes obscuros para mirar el paisaje con la complacencia de la impunidad.

Y, sin embargo, siempre habrá nuevos días y respectivas oportunidades para sacudirnos la tenebra. ¿Vamos por un café?