El balón sí rodó el pasado jueves con la inauguración de la fiesta del futbol. La gran amenaza era que la CNTE secuestrara el balón, que las madres buscadoras lo alcanzaran, que los transportistas lo poncharan o que las protestas terminaran metiendo autogol en cadena nacional.
Lo novedoso no fue que el futbol resistiera las protestas, sino que las manifestaciones confirmaran la nueva alineación nacional: adentro del estadio, los que pudieron pagar; afuera, los que siguen buscando, reclamando o estorbando para la foto. En la cancha hubo espectáculo, en la calle demandas de seguridad y reclamos por falta de cumplimientos de acuerdos.
El gobierno respiró cuando México ganó, porque dos goles siempre ayudan a maquillar cualquier crisis. Los jugadores Julián Quiñones y Raúl Jiménez hicieron más por la gobernabilidad que varios meses de diálogo, tres secretarios y varias conferencias mañaneras. El juego permitió que, por unas horas, el país entero celebrara unido cada gol. México es un milagro de nación donde se puede gritar al mismo tiempo: “México, México” y “hasta encontrarlas” en una misma mañana.
La pregunta, sin embargo, es ¿para quién rodó el esférico o para quién rodó más? Seguro rodó para la FIFA, que ama al pueblo mexicano mientras pueda comprar boletos, consuma productos autorizados, no use marcas registradas, no venda playeras piratas, no tape logotipos, no invada zonas VIP, pague sus licencias y derechos para transmitir los partidos y no diga el nombre completo del torneo, porque inmediatamente les mandan la factura.
A cambio de tanto candado, tanto cobro y tanta solemnidad corporativa, cabía esperar, al menos, un espectáculo inaugural de altura. Sin embargo, todo indica que la austeridad republicana llegó puntual a la ceremonia. Fue un show bastante desangelado, que ni los artistas convocados lograron levantar. La FIFA que vendió boletos millonarios entregó un festival de fin cursos de secundaria.
La expropiación del Mundial y del futbol no la hizo la CNTE ni las madres buscadoras, sino la FIFA que tendrá que dar muchas explicaciones después de este mundial tripartita.
El balón no ha rodado tampoco para la industria de la hospitalidad. Durante años se vendió la idea de que el Mundial traería millones de turistas, reservaciones llenas, restaurantes desbordados, hoteles a 100% de su capacidad. Los negocios tuvieron que aprender a decir: “fiesta del futbol”, “torneo internacional”, “partido grande” o la “justa deportiva” porque usar cualquier nombre oficial, es una falta más grave que una conducta antideportiva. Los negocios pueden emocionarse, pero con cuidado jurídico. Sin embargo, ese paraíso prometido no se está cristalizando.
Sigue sin rodar para quienes tienen que cruzar todos los días la Ciudad de México. El Mundial no llegó en forma de fiesta, sino de cierres, desvíos, estaciones saturadas, rutas modificadas, obras inconclusas por todas partes y horas perdidas en el tráfico. Ahí lo que se debe celebrar es la paciencia mundialista.
El balón tampoco rodó para Claudia Sheinbaum. No rodó en el estadio donde decidieron que la actriz Salma Hayek era mejor representante, que la primera mujer Presidenta del país. Tampoco rodó en el Zócalo, convertido en un muy vulnerable escenario. Terminó rodando penosamente en la alcaldía Gustavo A. Madero. La anfitriona de la fiesta viéndola desde la banqueta porque prefirió que dijeran aquí corrió que aquí recibió una rechifla.
El balón sí rodó, pero lo hizo en una cancha cercada, con boletos impagables, marcas blindadas, prudencia política y un país entero buscando celebrar a pesar de todo. Eso, por más goles que se celebren, también cuenta en el marcador.
