¡Qué bonita familia!

Arriaga no supo leer las señales, irónico para alguien que, según esto, hace libros de texto.

Vianey Esquinca

Vianey Esquinca

La inmaculada percepción

En la política no hay nada más entrañable que una familia unida, cuyos integrantes se abrazan, se sonríen y cuando nadie los ve, se arrancan los ojos con una cuchara sopera o filtraciones en medios. Morena está viviendo un momento familiar único, en el que ha demostrado que el peor enemigo de un morenista es otro morenista, con más información, más saña y, sobre todo, más ganas de hacer daño. La oposición formal puede seguir de vacaciones porque la labor de demolición del partido en el poder la hace en casa.

Esta semana, Marx Arriaga fue removido como director general de Materiales Educativos de la SEP. Sin embargo, el exfuncionario decidió que su escritorio era algo así como su patrimonio cultural inmaterial y se atrincheró en su oficina. Llevaba meses acusando a Mario Delgado de privatizador y traidor, creó una especie de guerrilla burocrática desde la nómina del gobierno en contra de su jefe y aunque la presidenta ya había advertido que nadie era portador de la verdad absoluta de la Cuarta Transformación, Arriaga no supo leer las señales, irónico para alguien que, según esto, hace libros de texto.

Mientras en otra habitación de la misma casa se libra otro duelo público. El exconsejero presidencial, Julio Scherer y el actual coordinador de asesores de la Presidencia, Jesús Ramírez, han iniciado una batalla campal para demostrar quién es menos sinvergüenza; ambos arrastran señalamientos de corrupción, extorsión y manipulación. Es la clásica pelea entre hermanos que saben de memoria los trapos sucios del otro y deciden airearlos en plena reunión familiar.

Otro que ha sufrido en carne propia el calor fraternal es Adán Augusto López, quien fue defenestrado después de llevar meses acumulando escándalos. El todavía senador señaló que sabía perfectamente de dónde venían los golpes, y no eran precisamente del PAN, el PRI o MC, sino de la cocina.

Esos casos no son aislados; ya comienza a convertirse en una costumbre guinda. En Campeche, la gobernadora Layda Sansores logró que diez diputados morenistas se unieran, pero en contra de ella. Le dieron la espalda, la acusaron de persecución política y hasta restauraron el fuero para protegerse de su otrora hermana de batallas. El pleito inició, como suele pasar en las familias disfuncionales, por dinero, ya que le negaron a la mandataria local la contratación de una deuda de mil millones de pesos.

Sansores ha sido como la oveja descarriada de la familia que reparte parejo. A Ricardo Monreal lo llamó hipócrita, cobarde, emblema del nepotismo, amigo del enemigo y hasta le pidió que cuidara su chiquero y no se metiera donde no lo llamaban, porque el diputado la exhortó a respetar la división de Poderes y no afectar la imagen del partido.

Hasta al abuelito de la familia le tocó. Ya no sabían qué hacer con Alejandro Gertz, nadie quería hacerse cargo y lo jubilaron ofreciéndole una embajada que tuvo que aceptar después de atrincherarse —él también— unas horas en su oficina.

Lo que tienen en común estos personajes es que durante años se sintieron intocables bajo la sombra del patriarca. Mientras Andrés Manuel López Obrador estuvo en la cabecera de la mesa, protegía, arbitraba y repartía, pero cuando un movimiento se sostiene por la voluntad y gravitación de un solo hombre se desmorona rápidamente ante su ausencia. Afloraron los resentimientos acumulados, salieron los colmillos, las facturas pendientes y la avaricia contenida. El fuego amigo se volvió artillería pesada y surgieron los atrincherados, comenzaron a circular expedientes, llegaron las bajas estratégicas y el exilio. Morena no necesita adversarios externos cuando su oposición más eficaz se organiza desde dentro. ¡Qué bonita familia!

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