El país de lo absurdo

Vianey Esquinca

Vianey Esquinca

La inmaculada percepción

México entró oficialmente a esa etapa donde las noticias políticas parecen provenir de alguna cuenta de parodia en redes sociales. Ya no basta leer el encabezado, sino también se requiere doble verificación para asegurarse de que, en efecto, son funcionarios reales, iniciativas auténticas y declaraciones pronunciadas con absoluta seriedad. El problema es que la línea entre la realidad y la comedia se volvió tan delgada que la ciudadanía empieza a necesitar un manual de interpretación. Hay cosas que un día son gravísimas y al siguiente irrelevantes; conductas que dependiendo del protagonista pueden considerarse patriotismo o traición. Por eso la gente parece vivir diciendo: “Qué alguien me explique”.  

Por ejemplo, sería útil entender las matemáticas de Morena que llaman “marcha multitudinaria” a la movilización de 5 mil personas en Chihuahua, pero califican “marcha fallida” si la oposición junta 50 mil en cualquier estado de la República. También ayudaría a comprender cómo dirigentes del partido guinda salen indignados a exigir juicio político contra la gobernadora Maru Campos por supuestamente permitir la presencia de la CIA en un operativo, pero permanecieron inmóviles hasta que la presión fue demasiado evidente tras los señalamientos de Estados Unidos contra Rubén Rocha Moya y otros funcionarios por narcotráfico. Al parecer, destruir laboratorios de metanfetamina representa una amenaza infinitamente más grave para la soberanía nacional que tener narcopolíticos entre sus filas.

Otro momento particular de la semana fue la propuesta del diputado Ricardo Monreal para anular elecciones cuando exista “injerencia extranjera”. A primera vista suena patriótica; a la segunda, hilarante. Si la “intervención de individuos, organizaciones o gobiernos extranjeros con la intención de influir en las preferencias o resultados electorales” basta para tumbar comicios, cualquier extranjero podría provocar una crisis institucional. 

Bajo esa lógica, un reportaje incómodo de New York Times o de Washington Post sobre un candidato de Morena provocaría nulidad inmediata. Si una ONG con oficina en Ginebra denuncia irregularidades, evidentemente se trataría de un complot globalista. Y que no se le ocurra a un periodista extranjero hacer una pregunta incómoda en la mañanera, porque sería tachado como parte de una operación trasatlántica encubierta. Si venezolanos o cubanos viviendo en México advierten “cuidado con votar por lo mismo que destruyó a nuestros países”, probablemente serán catalogados como agentes desestabilizadores del hemisferio.

Ni hablar de las agencias calificadoras. Moody’s bajó esta semana la nota soberana y S&P modificó la perspectiva de estable a negativa. Si se aprueba la iniciativa morenista, ambas están a dos de convertirse oficialmente en enemigos de la democracia mexicana. 

Mientras tanto, las cosas locales son igual de bizarras. En Hidalgo, por mencionar un caso, alcaldes descubrieron que el mosco cúlex existe y comenzaron a describirlo como una mezcla entre Godzilla y una maldición bíblica. El detalle es que durante años dejaron pudrirse el sistema de tratamiento de aguas mientras nadie supervisaba descargas industriales, residuos químicos o aguas negras. 

Y como en este país siempre se puede complicar más el absurdo, ahora resulta que la reforma judicial, esa joya vendida en 2024 como la solución definitiva a la corrupción, podría moverse hasta 2028 porque se dieron cuenta que necesitan arreglar unos detallitos logísticos.

Es que México ya no necesita comedia voluntaria e involuntaria, entre leer el Diario Oficial de la Federación, escuchar la mañanera o el Diario de los Debates del Congreso es más que suficiente.