Entre la espada y la pared

Sheinbaum divide opiniones.

El próximo martes llegará una nueva era, o al menos eso se dice. Por primera vez una mujer asumirá la Presidencia de México, lo que debería ser toda una celebración… debería. Sin embargo, Andrés Manuel López Obrador ha hecho lo humana y políticamente posible para asegurarse de que esta “nueva era” no huela a cambio, ni tantito y Claudia Sheinbaum se lo ha permitido.

El inquilino de Palacio Nacional se ha encargado de que el camino de la Presidenta electa esté pavimentado, adoquinado, iluminado y con señalización específica: “siga recto los designios del señor”. Sí, el todavía Presidente hizo de todo, incluyendo violar la ley flagrantemente, para que quien contendiera por Morena –fuera quien fuera– ganara las elecciones presidenciales; sí, su popularidad y estrategia electoral funcionaron para que arrasara su partido en todo el país, pero para él y su gente eso le da derecho de seguir dictando las reglas del juego. Es a su manera o no hay manera.

Sheinbaum, mientras tanto, divide opiniones. De un lado, tiene a los fieles seguidores del lopezobradorismo esperando que continúe con la misma devoción religiosa el evangelio de la 4T.

Del otro, están los optimistas, los que han visto demasiado La Rosa de Guadalupe, que piensan que romperá las cadenas y se pondrá a cantar su versión de Libre soy, libre soy, al estilo de Frozen, o mejor aún, como Lupita D’Alessio: “Hoy voy a cambiar, sacar a la luz mi coraje, entregarme a lo que creo y ser siempre yo, sin miedo… Volar libre con todos mis defectos para poder rescatar mis derechos y no cobrarle a la vida caminos y decisiones; hoy quiero y debo cambiar”.

Esos mismos consideran que la silla presidencial tiene poderes mágicos y que una vez sentada ahí, cualquier persona se transforma, la iluminan los astros y de repente, como Mumm-Ra El Inmortal de los Thunder Cats, “ya siente el poder”. Confían en que la pesadilla de estos últimos años termine el 1 de octubre y que, con algo de suerte, la futura Presidenta aprenda de los errores para no repetirlos. Spoiler alert: esto no va a pasar.

Otros más consideran que vendrá un cambio, pero no inmediatamente, porque la exjefa de Gobierno está atada de manos. Le dejaron un gabinete Minotauro, sólo que aquí tiene el cuerpo de Sheinbaum y la cabeza de López Obrador, y un partido con olor a pejelagarto. Está en arenas movedizas donde cualquier movimiento en falso la va a hundir irremediablemente y los pejistas no le echarán ni un palito para salvarla.

Como si eso no fuera suficiente, el fango en el que está es peor que el de Acapulco porque los retos que vienen no son precisamente un paseo por Chapultepec. Sheinbaum tendrá que enfrentarse a una tormenta perfecta. El coctel explosivo incluye desde el repudio o, en el mejor de los casos, la indiferencia internacional, en que a México se le compara más con Cuba y Corea del Norte que con Dinamarca o Suiza.

Un déficit público histórico, una reforma judicial que está minando la confianza hasta de los más crédulos, el crecimiento económico más raquítico en 36 años y una violencia galopante.

Y para coronar el caos, la que será Presidenta a partir del 1 de octubre tendrá que lidiar con un expresidente muy activo, ése que había dicho que se iría a su rancho, pero que, al parecer, ha decidido que desde la capital es más emocionante ver crecer a sus plantitas.

¿Quién tendrá razón sobre Claudia Sheinbaum? Sólo el tiempo lo dirá y dependerá mucho de que López Obrador deje esa actitud del borracho que insiste en quedarse más tiempo en la fiesta, aunque ya todos estén recogiendo las sillas y le hayan prendido las luces.

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