Contra la burguesía… hasta alcanzarla (en business)

Gerardo Fernández Noroña se ha convertido en el retrato más nítido del revolucionario que, después de tanto marchar contra la élite, terminó instalando su campamento en primera clase. Presidente del Senado, figura ineludible del oficialismo y orador de pulmón ...

Gerardo Fernández Noroña se ha convertido en el retrato más nítido del revolucionario que, después de tanto marchar contra la élite, terminó instalando su campamento en primera clase. Presidente del Senado, figura ineludible del oficialismo y orador de pulmón potente, sigue siendo fiel a su escuela política, la de gritar primero y escuchar nunca. Tiene la garganta de los integrantes de la izquierda radical, que piensan que el volumen sustituye al argumento y que un berrinche bien ejecutado siempre le ganará a la razón.

Noroña se toma demasiado en serio su personaje, es como si viviera dentro de una sátira política sin notar que hace el papel principal del payaso sin gracia. En días recientes protagonizó otro de esos episodios que nutren su leyenda pues logró que un ciudadano le ofreciera una disculpa pública por haberlo increpado en un salón VIP del aeropuerto. Sí, ese Noroña que ha convertido la ofensa en arte y el agravio en bandera, se sintió ofendido y no descansó hasta que ese abogado —al parecer con más miedo que dignidad— se disculpara por haberlo “agredido verbal y físicamente”.

El senador no aclaró que “esa agresión” fue en la comodidad de un lounge de aeropuerto, alejado de la plebe que espera su vuelo sentada en incómodas sillas de metal. Noroña no sólo ha combatido a la burguesía, también la ha abrazado con entusiasmo. Lo suyo ya no es incongruencia, es coherencia invertida, ya que predica austeridad desde la fila de business, defiende al pueblo desde el salón American Express y se indigna cuando lo señalan por disfrutar la buena vida con cargo al erario.

Esas escenas son frecuentes. Lo mismo lo han visto enfrentarse con el hijo de Felipe Calderón en un aeropuerto (porque vaya que le gusta viajar), que respondiendo insultos en supermercados gourmet. En el CIDE, los estudiantes colocaron zapatos para recordar a los desaparecidos de Teuchitlán y él (sorpresa, sorpresa) perdió los estribos. Con micrófono y luego a gritos, convirtió su conferencia en una sesión de catarsis personal.

La indignación es su recurso favorito. Le sirve para desviar críticas, para evitar rendir cuentas, para victimizarse cuando lo confrontan. Cuando los del PT lo abuchearon por traicionar el barco que lo catapultó, se marchó dolido, pues era inmerecido —según él— ese reclamo. Cuando lo increpan en redes por sus viajes al extranjero, él acusa complots y se defiende como si le quisieran quitar la patria potestad de la 4T, a él nadie lo regaña desde que murió su abuelita.

Lo incómodo es que, como presidente del Senado, todos tienen que saludarlo. Esas escenas donde los legisladores se acercan con sonrisa forzada y el desinfectante oculto en el bolsillo son cada vez más frecuentes. Hay quienes preferirían una selfie con el Fofo Márquez antes que con Noroña.

Este legislador se ha convertido en el aliado más incómodo de la Presidenta. Ella lo tolera, con ese estoicismo que da el pragmatismo, pero hay quienes aseguran que cada aparición suya le resta más que cualquier ataque de la oposición. En el Senado están buscando alguna tecnología para agregar el mute a sus intervenciones porque cuando no está hablando, está viajando y si no está viajando, está peleando. A veces todo al mismo tiempo y eso es desgastante.

Aun así, permanece como una roca. Sigue intocable, aprovechando la posición que le da la presidencia del Senado para hacer básicamente lo que le venga en gana. Ha sobrevivido a gobiernos, partidos, abucheos, memes, sanciones y jitomatazos, pues como en el cuento de Augusto Monterroso, cuando despertaron en Morena… Noroña todavía estaba allí.

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