Todo niño que haya sobrevivido a la primaria sabe que existe un momento definitorio en la vida, cuando el grandulón del salón se acerca y exige la mitad de tu torta. Lo que ocurra en los siguientes 30 segundos determinará si el resto del ciclo escolar será tolerable o un infierno. Los psicólogos infantiles, los maestros y las mamás han desarrollado, a lo largo de décadas, un manual sobre cómo manejar estas situaciones y, la semana pasada, algunos líderes mundiales ofrecieron un ejemplo de aplicación práctica.
Regla número uno: no mostrar miedo, pero tampoco provocar. El hostigador se alimenta de dos cosas, el terror ajeno y la confrontación directa. La víctima que tiembla le confirma al abusador su poder; el retador que lo insulta le da excusa para escalar. El punto medio es la firmeza serena. Cuando Donald Trump llegó a Davos lo mismo exigiendo Groenlandia que burlándose de los lentes de Emmanuel Macron, los europeos no salieron corriendo ni le aventaron guantes a la cara. Simplemente lo miraron con expresión de abuela viendo masticar al nieto con la boca abierta.
Regla número dos: recordarle que el patio es de todos. El bully opera bajo la ilusión de que las reglas no aplican para él. Mark Carney, primer ministro canadiense, subió al escenario de Davos y declaró que el mundo atraviesa “una ruptura” donde las potencias usan la economía como arma. No mencionó a Trump, el mensaje era clarísimo para quien quisiera entenderlo “sabemos lo que estás haciendo, y no vamos a pretender que es normal”.
Regla número tres: construir alianzas visibles. Nada desinfla más a un bully que descubrir que su víctima no está sola. Los europeos llegaron a Davos en bloque. Alemania, Francia, Reino Unido y la Comisión Europea respaldándose mutuamente. Cuando Trump amenazó a ocho países con aranceles si defendían a Dinamarca, la respuesta no fue ocho comunicados tibios, sino una posición conjunta de si te metes con uno, te metes con todos.
Regla número cuatro: no darle la lonchera. Ésta es quizás la más importante y la más difícil. El bully siempre pide cosas, no tiene llenadera. Primero el sacapuntas, luego la goma, después el lunch completo. Cada concesión alimenta la siguiente demanda. Dinamarca no va a vender Groenlandia. No importa cuántas veces Trump la llame “un pedazo de hielo” o confunda el país con Islandia. Los daneses han sido claros: no está en venta. Punto. Sin matices, sin “lo vamos a estudiar”, sin “estamos abiertos al diálogo”.
Regla número cinco: entender que el acosador no cambia; cambia el entorno. Trump no va a moderarse ni va a volverse institucional, pero se le puede obligar a reducir su margen de maniobra.
En el caso mexicano, la estrategia ante el bullying ha sido radicalmente distinta. Cada vez que Trump amenaza con aranceles, México despliega más guardias nacionales en la frontera. Cada vez que el estadunidense exige, México extradita narcotraficantes. Cada vez que insulta, México recurre al discurso de soberanía y respeto mutuo. La presidenta Claudia Sheinbaum ha mantenido lo que sus asesores llaman “cabeza fría” y que en el manual del recreo se conoce técnicamente como “darle la mitad de la torta esperando que no pida la otra mitad”.
Los defensores de esta estrategia argumentan que México no tiene el lujo de la confrontación, que el comercio bilateral es demasiado importante y que hay que ser pragmáticos. Puede ser, aunque los europeos también comercian con Estados Unidos y nadie los vio esta semana ofreciendo territorios árticos a cambio de paz. Sólo el tiempo dirá cuál estrategia contra el bullying funciona mejor, si la aplicada en Davos o la que se sigue en México.
