La casa siempre gana
La Presidenta será presentada como la gran negociadora, la estadista que cede sin ceder.

Vianey Esquinca
La inmaculada percepción
El pasado martes, Claudia Sheinbaum presentó su reforma electoral con los mismos argumentos que ha esgrimido desde que se empezó hablar de ella, simplificación, austeridad, y que llegue al Poder Legislativo quien la gente decida. Sin embargo, hoy no tiene los votos para que sea aprobada porque los partidos rémoras PVEM y PT están dándose a desear. Algunos ya expresaron su rechazo y otros han señalado que analizarán la propuesta; cuando un político dice que va a esperar y reflexionar significa que se está cotizando.
La pregunta obligada es ¿por qué presentar algo que no está amarrado? Seguramente porque en la Presidencia ya trazaron todos los escenarios posibles y están preparando la narrativa correspondiente para cada uno.
Podrían estar usando la iniciativa para distraer, posicionar o simplemente hablarles a sus seguidores, cohesionar a la base para recordarle quién es el adversario. La propia Presidenta lo aceptó cuando dijo que si no se aprueba no sería una derrota sino una consecuencia política. Si la iniciativa no prospera, dirá que, aunque ella y Morena quisieron darle el poder al pueblo, los partidos, el neoliberalismo, la derecha, Felipe Calderón y Genaro García Luna no lo permitieron.
Ahora bien, si los aliados titubean, siempre se puede ampliar la búsqueda de votos. No sería extraño que de pronto a algunos legisladores de Movimiento Ciudadano, PRI o del PAN les saquen las “convicciones democráticas profundas” a punta de expedientes o billetazos. En México, ha quedado demostrado que las conversiones ideológicas suelen coincidir con expedientes oportunamente desempolvados, procesos legales que se reactivan o incentivos económicos. Lograrían que pase la reforma en la que Morena gana y el país pierde.
También puede suceder que, a diferencia de lo que ha pasado hasta ahora, sí le muevan comas a la iniciativa, que cedan algunos puntos, maquillen otros y consigan los votos necesarios. Entonces, la narrativa cambiará y la Presidenta será presentada como la gran negociadora, la estadista que cede sin ceder. Si nada de esto funciona, queda el patio trasero legislativo para meterle mano y tijera en las leyes secundarias que no requieren mayoría calificada.
Entre las cosas que inquietan no sólo es el contenido, sino el momento. La reforma judicial todavía no termina de mostrar sus consecuencias y los daños colaterales y ya quieren meter otra sacudida al país, el polvo no se asienta y la Presidenta quiere levantar más. Los mercados e inversionistas han mandado señales de que no les gusta que la palabra incertidumbre se haya instalado en los análisis financieros, pero eso parece tenerlos sin cuidado.
No hay marchas masivas pidiendo rediseñar al árbitro electoral, no es el tema que domina la sobremesa o del que hablan en el chat familiar. A la gente le preocupa la inseguridad, llegar a la quincena, los narcobloqueos, conseguir empleo y la reforma no va a resolver nada de eso. Lo que sí garantiza es que Morena pavimente el camino ante una eventual pérdida de apoyo y que en el 2027 tenga la sartén por el mango en las elecciones. Ajustar las reglas cuando se tiene mayoría es más sencillo cuando el respaldo se erosiona, y es obvio que nadie mueve las reglas del juego si está completamente seguro de ganar con las vigentes.
La Presidenta se perfila como la mandataria que entregó al país dos reformas estructurales que reconfiguraron el sistema judicial y el electoral… para mal, para lograr una concentración de poder sin precedentes y para preservar a su partido en el poder, al menos, los mismos años que el PRI. Si quiere que ese sea el legado por el que se le recuerde, va por buen camino.