¿Educación clásica o moderna?

 

Me topé hace unos días con un artículo de María Llort titulado El auge de la educación clásica en Estados Unidos, un retorno a las raíces. El encabezado, por sí mismo, resulta sugerente. ¡En pleno auge de la inteligencia artificial y, además, referido al país quizá más pragmático y tecnológicamente avanzado del mundo! Hablar de un regreso a lo clásico parecía, cuando menos, paradójico.

Llort relata cómo en Estados Unidos ha ido cobrando fuerza, especialmente en los últimos años, un modelo de colegios basado en la educación clásica. Se habla ya de más de mil escuelas en el país y, según Arcadia Education, el crecimiento anual ronda 5%; una cifra nada despreciable en el ecosistema educativo estadunidense. Estos centros retoman la estructura del trivium —gramática, lógica y retórica— y del quadrivium —aritmética, geometría, música y astronomía—, fundamento histórico de la formación liberal. De ahí que se les denomine escuelas clásicas. Pero no se trata sólo de una recuperación curricular. El modelo descansa sobre tres pilares muy definidos: el respeto a las etapas del aprendizaje, la lectura de los grandes libros y un énfasis explícito en la formación de las virtudes, elementos que remiten a algunas de las tradiciones educativas más influyentes de la historia.

El primer pilar parte de una comprensión evolutiva del desarrollo intelectual. En la educación primaria se privilegian los “qués”, aprovechando la extraordinaria capacidad de los niños para absorber información. En secundaria, el foco se desplaza hacia los “porqués”, capitalizando esa inquietud adolescente por comprender razones y fundamentos. Finalmente, en preparatoria, el énfasis recae en la expresión, es decir, en aprender a comunicar ideas con claridad, argumentar con coherencia e interpretar los propios sentimientos.

El segundo componente es la lectura atenta de los grandes autores. Leer con pausa a Platón, Aristóteles, Homero, Dante o Shakespeare no sólo amplía horizontes culturales, introduce a los estudiantes en lo que algunos llaman la “Gran Conversación” de la humanidad. Me refiero a ese diálogo ininterrumpido, intergeneracional y transhistórico sobre la justicia, el poder, el amor, la verdad, la muerte o el sentido de la vida.

El tercer pilar —el cultivo de las virtudes— asume que la educación no puede reducirse a la transmisión de contenidos. Educar implica también formar el carácter. Se apuesta por las virtudes cardinales —prudencia, justicia, fortaleza y templanza— y por la búsqueda de lo “bueno, verdadero y bello” como horizonte formativo.

A primera vista, la educación clásica podría parecer una propuesta atractiva, pero quizá demasiado idealista para el mundo contemporáneo. Sin embargo, existen datos que respaldan su eficacia. Un estudio de la Universidad de Notre Dame, publicado en 2020, señala que los egresados de estos centros logran mejores resultados de admisión universitaria y, ya en la universidad, presentan un desempeño promedio superior al de alumnos provenientes de colegios públicos, privados independientes o religiosos tradicionales.

Es cierto que históricamente la educación clásica se ha vinculado con instituciones de inspiración religiosa. Por eso llama la atención que organizaciones como Charter School Growth Fund o Bloomberg Philanthropies, alejadas de fines confesionales, estén destinando recursos significativos a impulsar este modelo.

El debate de fondo se entrecruza con otra discusión central de nuestro tiempo, me refiero a qué papel debe jugar la tecnología en el aula. Mientras algunas instituciones experimentan con múltiples aplicaciones de la IA en la docencia, en otros contextos se ha optado por el extremo contrario que restringe dispositivos y vuelve al lápiz y al papel.

A mi juicio, el dilema no es elegir entre educación clásica o nuevas tecnologías. La cuestión está en cómo articularlas de manera inteligente. Voy a más. La educación clásica podría convertirse, paradójicamente, en una plataforma privilegiada para el uso responsable de la inteligencia artificial.

Muchas de las capacidades que este modelo fomenta —la fortaleza de carácter, la prudencia en el juicio, la templanza, la contemplación de la belleza, el gusto por la historia y, sobre todo, la capacidad de pensar con autonomía— son dimensiones que la IA difícilmente podrá suplir. Se trata de rasgos, precisamente, humanos.

Al mismo tiempo, quienes cuenten con una sólida formación clásica podrían ser quienes mejor capitalicen las posibilidades de la IA. Un entendimiento profundo del ser humano y de sus fines permitiría discernir cuándo usarla y cuándo no, establecer límites éticos, orientar sus aplicaciones hacia la mejora real de la vida de las personas y dirigir la tecnología hacia bienes auténticamente humanos articulados en pro del bien común.

En suma, una combinación lúcida entre los fundamentos de la educación clásica y la apertura crítica a las nuevas tecnologías podría convertirse en una fórmula poderosa. No para regresar al pasado ni para rendirse sin reservas al futuro, más bien para formar generaciones capaces de habitar ambos con inteligencia, criterio y sentido.

X