Vaticinio

Una especie de macartismo está volviendo. El concepto surgió tras la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética emergieron como potencias rivales. En paralelo a la Guerra Fría, comenzaron a propagarse formas de gobierno y producción ...

Una especie de macartismo está volviendo. El concepto surgió tras la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética emergieron como potencias rivales. En paralelo a la Guerra Fría, comenzaron a propagarse formas de gobierno y producción identificados como “comunistas” (el entrecomillado se debe a que el que escribe duda de que lo hayan sido en verdad, pero ésa es otra historia), en Europa del Este.

Esta expansión del comunismo, más el triunfo de la revolución comunista en China (1949) agravaron en Estados Unidos el miedo a dichos sistemas, miedo que ya era manifiesto desde que, en la Cámara de Representantes del Congreso, se creó el Comité investigador de Actividades Antiestadunidenses (1938) y se hizo todavía más evidente cuando el presidente Truman lanzó un programa para confirmar la lealtad de los empleados federales hacia los principios del liberalismo (1947), sobre todo económico. Un año después de la Revolución China, un senador republicano, Joseph McCarthy, pronunció un discurso en el que afirmó poseer una lista de comunistas infiltrados en el Departamento de Estado.

 Este hecho marcó el nacimiento del macartismo. La doctrina de McCarthy, quien en realidad sólo estaba aprovechando el sentimiento anticomunista para favorecer sus ambiciones políticas, consistió en hacer juicios mediáticos en audiencias públicas en las que presentaba listas negras, sin prueba alguna, con nombres de supuestos simpatizantes comunistas y quienes aparecían en ellas eran desprestigiados y despedidos de sus trabajos.

Estas acusaciones infundadas y castigos inmerecidos e irregulares se prolongaron durante cuatro años, hasta que el senador fue más allá, acusando de infiltración comunista al propio ejército de su país, lo que al fin le valió la censura del propio Senado y significó su debacle política. Por extensión, el concepto puede aludir a cualquier actitud hostil por parte de la corriente ideológica preponderante hacia personas o grupos, sean o no de izquierda, que se consideren desleales a los principios que estén en boga.

Las consecuencias del macartismo se parecen mucho a las que estamos viendo enfrentar a los críticos de Charlie Kirk que han publicado en redes sociales comentarios políticos que no muestran respeto por su muerte. Columnistas, presentadores, pilotos, enfermeras y docentes han perdido sus empleos; estudiantes han sido expulsados de sus colegios y universidades; y hasta se han revocado visados a extranjeros. Las redes sociales se han dividido entre simpatizantes y críticos absolutos. Otro posible revitalizador del macartismo podría venir de la polarización social que ha motivado el horrendo asesinato de la ucraniana, Iryna Zarutska, el cual se ha contrastado con el homicidio de George Floyd (Black Lives Matter), y ha abierto el paso a discursos encontrados entre racismo y “racismo antiblanco”.

Seguramente pronto habrá que sumar un nuevo acicate con el reciente reconocimiento formal del Estado palestino por parte del Reino Unido, Canadá, Australia y Francia, otrora defensores de los intereses de Israel y Estados Unidos en la región, puesto que, incluso antes de esto, ya se registraban cancelaciones de visas a estudiantes, había investigaciones sobre declaraciones en redes sociales con IA para revocar visados y se reprimían o prohibían protestas propalestinas en campus universitarios.

También cabría esperar que la consolidación del bloque de los “Amigos de hierro”: China, Rusia y Corea del Norte, en buena medida espoleada por las propias políticas internacionales estadunidenses de la era Trump, sea un importante estímulo para el renacimiento de algún tipo de neomacartismo.

  • RUSSELL-EINSTEIN

Este parece ser un buen momento para parafrasear el célebre final del manifiesto redactado por el matemático y pacifista Bertrand Russell, firmado por el famoso físico, Albert Einstein, que fue publicado en plena Guerra Fría: Mejor, recordemos nuestra humanidad y olvidemos el resto.

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