De estas dos estrategias, ¿cuál considera que sea la más eficiente para enseñar a ser responsable?: a) Dar un discurso sobre la responsabilidad, o b) darle a la persona en cuestión una responsabilidad. Si su respuesta es “b”, está usted en lo correcto, de acuerdo con la psicología reciente y la filosofía antigua. Según la primera, asignar una responsabilidad es más efectivo, porque se ha comprobado que ésta se aprende mejor mediante práctica, autonomía y padeciendo las consecuencias. Cabe destacar que la consecuencia más importante de una responsabilidad es precisamente el responder por los actos; de hecho, la palabra “responsabilidad” tiene su origen en el latín responsum, que significa “contestar”. Se entiende, pues, que el responsable es quien debe contestar verbalmente al ser interpelado con respecto a aquello que está a su cargo. Por su parte, ya El Filósofo (así se conoce a Aristóteles por antonomasia), consideró que toda virtud se adquiere necesariamente a través de la práctica, es decir, ejercitándola hasta que queda incorporada en nuestro carácter como una “segunda naturaleza”, transformándose en costumbre espontánea, en un hábito. Huelga decir que la responsabilidad es una virtud de entre todas las que son indispensables para hacer progresar a una sociedad hacia la civilidad.
Considérese ahora a un náufrago que pasara diez años en una isla completamente desierta y que, al volver, su pareja nos preguntara si aquél posee la virtud de la fidelidad. Nadie podría responderle con certeza, ni siquiera el náufrago mismo, porque, aunque es claro que no cometió infidelidad durante ese tiempo, tampoco tuvo ocasión de resistir la tentación, que es precisamente lo que designa dicha virtud, ya que el fiel es quien ha ejercitado la capacidad de dominar sus impulsos. Otros ejemplos en este mismo sentido: si se piensa, un conductor virtuoso es aquel que, además de conducir su automóvil con destreza, respeta las normas de tránsito… pudiendo no hacerlo. Los reductores de velocidad conocidos en México como “topes”, a saber: montículos materiales que, a manera de barricadas salvables, están diseñados para dañar la carrocería en caso de pasarlos a demasiada velocidad, justamente resultan contraproducentes desde el punto de vista formativo, porque evitan que haya cada vez más conductores virtuosos, capaces de contener su apetito por la velocidad, atendiendo únicamente a los límites, acostumbrados como están actualmente a que, si debieran ir despacio alguien habría puesto un tope en su camino. Reflexiones análogas podrían hacerse con respecto al hecho de haber retirado los saleros de las mesas de los restaurantes (2013) y prohibido la venta de comida chatarra en las escuelas (2024). Lo que conviene comprender es que esto, a lo sumo, nos garantiza que, mientras no haya la posibilidad, no las consumiremos, pero nada más. Quizá por eso Savater nos recuerda que: “no es la abstinencia lo que debemos enseñar, sino el autodominio”.
Al margen de los resultados que llegue a arrojar la consulta pública sobre los Lineamientos Generales para la Protección de los Derechos de las Audiencias, una autoridad que determinara si una información noticiosa es verdadera o falsa, socavaría los incentivos para la autorregulación competitiva entre los propios medios de comunicación y acabaría atrofiando la capacidad ciudadana para generar juicios autónomos sobre la información disponible, al retirarle su responsabilidad. Hay que reconocer que las audiencias tienen el derecho de desarrollar sus capacidades de análisis y discernimiento.
EFECTO PIGMALIÓN
En psicología, es el fenómeno por el cual las expectativas que una persona tiene sobre otra terminan cumpliéndose. En un experimento (1968), a maestros de primaria se les dijo que ciertos alumnos, elegidos al azar, tenían “alto potencial”; meses después, esos alumnos mostraron un mayor rendimiento intelectual que sus compañeros.
