Temporizador
Es posible que durante el paleolítico hayamos activado, sin querer, una bomba de tiempo que actualmente podría estar por detonar. Hace 35 mil años, alguien esculpió la que se conoce como la Venus de Hohle Fels, una escultura tallada en marfil, exagerando los atributos ...
Es posible que durante el paleolítico hayamos activado, sin querer, una bomba de tiempo que actualmente podría estar por detonar. Hace 35 mil años, alguien esculpió la que se conoce como la Venus de Hohle Fels, una escultura tallada en marfil, exagerando los atributos sexuales femeninos que, según diversos investigadores, podría haber sido pornográfica. Dicen “podría” porque hemos acordado que sólo es pornográfico el material que tiene la finalidad de provocar excitación erótica. Así, mientras el antropólogo Tony Mellars asegura que en ese entonces ya “la gente estaba loca por el sexo”; la arqueóloga April Nowell cree que la llamada paleopornografía en realidad era sólo la representación de diosas. Menos dudas puede que motiven las pinturas rupestres hechas durante los cinco mil años siguientes, en las que se inmortalizaron prácticas sexuales orales, voyerismo, zoofilia, masturbación y un largo etcétera. A éstas les siguieron la primera revista para caballeros de toda la historia: el Papiro erótico de Turín (1150 a.n.e.); las representaciones de actos sexuales de parejas en los grabados de la dinastía Chin en China; los jarrones griegos, con escenas de tríos, y los floreros romanos decorados con orgías; así como las posturas del Kama Sutra, en la India, por mencionar algunos. Por fin, con el daguerrotipo de 1839, pasamos de las representaciones a las imágenes reales. Existen gran cantidad de fotografías de desnudos de esa época y la que quizá sea la primera fotografía indiscutiblemente pornográfica de una felación, datada en 1890, en Gran Bretaña. A partir de entonces, la pornografía visual se instaló en las revistas; posteriormente, en las cintas de video y en los canales por cable. Las primeras fuentes tenían ciertas características que son relevantes: obtenerlas implicaba para el consumidor un esfuerzo incómodo, caro y a veces vergonzoso, además de que las imágenes estáticas tenían un potencial de excitación que se desvanecía rápidamente. Las sucesivas películas fueron más estimulantes, pero eran más costosas, había que comprarlas o alquilarlas y, antes de llegar al contenido pornográfico, el espectador debía ver pacientemente un argumento generalmente absurdo que contribuía, junto con todo lo demás, a que se ejercitara la capacidad de retrasar la gratificación. Con la llegada de internet de alta velocidad (2006) surgieron las conocidas como las tres “aes” de la pornografía actual: anonimato, accesibilidad (incluyendo mayor acceso a menores) y asequibilidad (gratuidad). Según propone Gary Wilson en su libro Your Brain on Porn, esta pornografía de alta velocidad podría estar minando el deseo y la motivación por mantener relaciones sexuales, sobre todo a los adolescentes nativos digitales, ya que los circuitos cerebrales destinados al sexo son especialmente vulnerables durante la adolescencia y la sobreestimulación de la pornografía de alta velocidad, a través de descargas del neurotransmisor de recompensa (dopamina), está consolidando conexiones cerebrales que, en poquísimas palabras, está haciendo que les sean menos gratificantes los placeres normales de la vida cotidiana y que las parejas reales les parezcan cada vez menos interesantes. El problema se antoja todavía más serio si se considera que prácticamente todos los hombres y 82% de las mujeres han visto alguna vez pornografía y, sobre todo, que el rango de edad de inicio de consumo actual es de 8 a 11 años.
OBSCENO
Uno de los libros eróticos de la escritora Caitlín R. Kiernan se titula: Cuentos del lamentable ornitorrinco. Pero ni los libros de Sade o Bataille alcanzan el nivel de obscenidad que podría concretar el misterioso senador número 43.
