Slacktivismo

Este año, como se sabe, será el de las elecciones planetarias: de 7,950 millones de personas que habitamos la Tierra, 3,994 millones vivimos en alguno de los 74 países que tendrán elecciones. Según The Economist Intelligence Unit, de los 167 países que estudia, ...

Este año, como se sabe, será el de las elecciones planetarias: de 7,950 millones de personas que habitamos la Tierra, 3,994 millones vivimos en alguno de los 74 países que tendrán elecciones. Según  The Economist Intelligence Unit, de los 167 países que estudia, justamente 74 son los que se pueden llegar a considerar democracias de algún tipo, aunque únicamente 24 alcanzan la categoría formal de democracias plenas (recordemos que nosotros dejamos de ser una “democracia imperfecta” en 2019, pasando a ser un “régimen híbrido”). Desde la Grecia antigua, para Platón, las alternativas a la democracia eran la timocracia, la oligarquía o la tiranía; para Aristóteles, la monarquía o la aristocracia. Más recientemente, el profesor de política de la Universidad de Cambridge, David Runciman, en su libro Así termina la democracia, propone que las alternativas modernas serán el autoritarismo pragmático, como el que impone el Partido Comunista chino; la epistocracia, en la que gobiernen “los que saben” sin que medie el voto o que sólo voten quienes demuestren tener los conocimientos suficientes y estar bien informados; una “botocracia”, en la que un bot con inteligencia artificial personalizada vote por cada uno de nosotros; o que nos gobierne un Estado corporación “mediante el hábito, la persuasión y la distracción”. En resumen, la disyuntiva es decidir libremente por uno mismo o que algo o alguien más lo haga por nosotros. Si se suscribe la democracia significa que se cree en su valor fundamental: la dignidad humana, es decir, que todas las personas son igualmente valiosas. El compromiso con la dignidad necesariamente lleva a refrendar los derechos humanos que, a su vez, consagran las libertades individuales, y de esta dignidad y libertad se derivan, lógicamente, el resto de los célebres valores occidentales: tolerancia, respeto e imperio de la ley. Hace tiempo, sin embargo, que se tiene como sello de orgullo progresista el renegar de estos valores occidentales en presunta defensa de las demás regiones. “Occidente no debe imponer sus valores”, dicen. Pero la dignidad y la libertad no se pueden imponer, sólo se pueden reconocer o desconocer. Y no tenemos garantizado que los individuos de otras regiones realmente abominen de dichos valores. Se sospecha lo contrario. Véase el caso de Rusia, en que el pasado domingo Putin fue “reelecto”, sin oposición, con 88% de los votos, para un quinto mandato de seis años. Cada vez más rusos solicitan residencia a países occidentales. Tan sólo en México hemos triplicado los permisos de residencia otorgados a rusos desde 2021. Y en China, donde Xi Jinping lleva más de una década siendo presidente de la Comisión Militar Central, secretario general del Comité Central del Partido Comunista de China, además de ser el primer jefe de Estado en la historia de ese país en ejercer un tercer mandato, según datos de The Economist, el número de personas chinas, ricas y pobres, que han abandonado el país, la mayoría para vivir en Occidente, se ha duplicado desde 1990. Al parecer, anhelamos ser libres, además del desarrollo económico. Suficientes ataques a la democracia tenemos ya por parte del populismo (pienso en El Salvador, en Venezuela y en Trump amenazando con que habrá un baño de sangre si no gana de nuevo la Presidencia) como para usar la libertad de expresión occidental para diezmar nuestros propios valores, como si no los disfrutáramos.

PARIENTE CHINO

No hay ningún animal que en la actualidad se parezca al ornitorrinco, pero en el Triásico (hace 250 millones de años) un reptil muy similar nadó en mares poco profundos en lo que hoy es China: el Eretmorhipis carrolldongi.

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