Presente el que lo lea
Sólo anticipando nuestra caducidad, aceptándola como un proceso irremediable y no temiendo hablar de ella, podemos vivir plenamente, dejando de dar demasiada importancia a las banalidades de la vida cotidiana. Así pensaba Martin Heidegger. Lo complicado suele ser hallar ...
Sólo anticipando nuestra caducidad, aceptándola como un proceso irremediable y no temiendo hablar de ella, podemos vivir plenamente, dejando de dar demasiada importancia a las banalidades de la vida cotidiana. Así pensaba Martin Heidegger. Lo complicado suele ser hallar el pretexto que nos lleve a esa reflexión. Hace cinco años, me horroricé al ver el cuerpo de un hombre totalmente cubierto que yacía sobre el pavimento de una calle que suelo transitar. Había sido víctima de un robo a mano armada. Meses después, yo fui asaltado. Recuerdo que, mientras la visión del cañón del revólver me producía vértigo (parecía un túnel infinito), espoleado por la adrenalina, hacía cálculos frenéticos sobre cuánto daño haría el disparo, a qué distancia estaría el hospital más cercano y si alguno de los testigos me ayudaría a recibir asistencia médica. Eso fue hasta que, entre los insultos, golpes y empellones, me di cuenta de que estaba exactamente encima del lugar donde había visto aquel cuerpo cubierto. Involuntariamente, los cálculos dejaron paso al recuerdo de una escena de la película Stand Up Guys. En ella, Valentine (Al Pacino), le dice lo siguiente a su mejor amigo, Doc (Christopher Walken), mientras se dirige a su desenlace fatal: “¿Sabes qué es lo que voy a extrañar? Voy a extrañar la primavera y mis flores y los pájaros retornando… su canto. El mundo entero… ya sabes: renovándose, una y otra vez. Y también tu fea cara”. Eso me ha hecho vivir más conscientemente. Pero quizá a otras personas les baste leer al filósofo u otra cosa les motive a hacer dicha reflexión, algo que no sea necesariamente un evento traumático. Si alguien nos ofreciera un pretexto para reflexionar en ese sentido, habría que considerarlo el mayor presente que podamos recibir. Eso es lo que hizo el senador Juan Pablo Adame. El miércoles pasado conocimos la carta pública en la que anunció que entraría a cuidados paliativos por el cáncer que padece. En ella compartió cuánto añora el placer de beber un vaso de agua fría, gusto que le ha sido negado por la condición de su cuerpo, y aprovecha para invitarnos a valorar lo cotidiano y simple, como algo extraordinario y maravilloso. En mi opinión, la carta es tan bella como breve (lo cual la embellece aún más). Por mi parte, acuso de recibo. No tengo el gusto de conocerlo, pero pienso en él cada que bebo un vaso de agua fría, cosa que hago cada día, desde que leí su carta. Anteriormente, he hecho referencia al libro de Bronnie Ware, Los cinco arrepentimientos más comunes antes de morir, que son: 1) haber vivido la vida que los demás esperaban, no una auténtica, 2) haber pospuesto el vivir para el futuro, por trabajar, 3) no haberse atrevido a expresar los sentimientos, 4) haber perdido contacto con los amigos, y 5) no haberse permitido ser feliz. No se me ocurre algo más acuciante que dejar de pensar si vivir “vale la pena”. Si esto no se consigue por uno mismo, hay que saber que no hay nada más digno que buscar toda la ayuda que sea posible. Al final, como dijo Erich Fromm: “¿Quién puede decir si un momento feliz de amor, o la alegría de respirar o pasear en una mañana brillante y aspirar el aire fresco, no vale por todos los sufrimientos y el esfuerzo que la vida supone?”. Se puede ver la vida como un vaso medio vacío o medio lleno, pero lo importante es que lo bebamos gustosos, acompañados, y que sea de...
Agua fría
El pelaje del ornitorrinco es impermeable y más denso que el del oso polar, para así poder pasar hasta 14 horas bajo el agua helada.
