Oxímoron

Esta palabra se forma a partir de las etimologías griegas oxys agudo, fino o afilado y moros tonto, burdo, chato, por lo que se podría traducir por algo así como: “estúpido inteligente”. La palabra es en sí misma el primer ejemplo de su propio significado, que es ...

Esta palabra se forma a partir de las etimologías griegas oxys (agudo, fino o afilado) y moros (tonto, burdo, chato), por lo que se podría traducir por algo así como: “estúpido inteligente”. La palabra es en sí misma el primer ejemplo de su propio significado, que es el combinar dos expresiones con sentidos opuestos, como, por ejemplo: “pequeño gigante”, “estruendoso silencio”, “orgullosa humildad” o “brillante oscuridad”. En este sentido, un saludo de despedida sería un oxímoron. Y eso es lo que el cantautor y poeta español Joaquín Sabina ha elegido como título de su última gira, antes de retirarse: “Hola y adiós”. Pocos como él han sabido explotar este recurso literario. Todo sabinero (entusiasta de este artista) ha mordido el anzuelo a través de alguna canción en particular. En mi caso fue Corre, dijo la tortuga, que representa poco menos de cuatro minutos de oxímoros magistrales. Para muchos, su arte, además de la retórica, consiste precisamente en la aceptación abierta de la contradicción humana, o lo que algunos llaman sencillamente cinismo, combinándola con temas aparentemente tangenciales que acaban siendo imprescindibles en nuestras vidas. Así, por ejemplo, se puede llegar a conclusiones semejantes sobre el amor escuchando su canción Amor se llama el juego y leyendo los Estudios sobre el amor de Ortega y Gasset; quizás se deduzcan moralejas parecidas escuchando ¿Qué estoy haciendo aquí? y leyendo La tregua, de Benedetti; pero su mayor virtud, en mi opinión, es que, al menos en su faceta artística, a la única que accedemos quienes no lo conocemos personalmente, nunca ha intentado siquiera negar que envejecemos diariamente ni ha pretendido esconderse de la inexorable muerte. Aunque sea poco sabido, hasta el varonil Aquiles pasó un tiempo oculto en la corte del rey de Esciros, travestido de mujer (otro oxímoron), cuando le llamaban Pirra por tener cabellos color fuego (pelirroja), escondido de su profetizada muerte en la Guerra de Troya. Eventualmente, Aquiles abrazó su destino, cambiando una vida larga y feliz por la muerte gloriosa que seguimos recordando, y así vivió el resto de su corta vida, auténticamente. Esta aceptación es fundamental. Para filósofos como Martin Heidegger, confrontar conscientemente nuestra muerte necesaria es lo que nos permite vivir con propósito y autenticidad. Por su parte, Joaquín Sabina nunca ha negado que la vida se nos esté yendo constantemente, lo que se verifica en algunas de sus canciones como: Tan joven y tan viejo (1996), A mis cuarenta y diez (1999), Viudita de Clicquot (2009) o Lágrimas de mármol (2017). Pero el jueves pasado, al fin (nunca mejor dicho) coronó estas secuelas lanzando, por sorpresa, como suele llegar también la muerte, por cierto, su última producción titulada: Un último vals, en cuyos descarnados versos vaticina escenas que con cierta probabilidad sabe que le acontecerán a él hacia la recta final de su vida, y a nosotros también. En ella habla de dos desenlaces, el físico, que no le preocupaba tanto a Aquiles, y el del recuerdo en la memoria, que lo aterraba. En sus versos aborda la muerte y el olvido, con nostalgia, pero sin melancolía, por lo que consigue cantarlos con una reconfortante frialdad. Sí, el lector atina, este fue un último oxímoron.

BIKINI

A finales de los 70, Joaquín Sabina formaba parte de un cuarteto con quienes versionó la canción de Bob Dylan: Man gave name to all the animals, adaptando el título a: El hombre puso nombre a los animales (con su bikini). Esta última parte era un parónimo de “in the beginning”. En ella se escucha que: “al ornitorrinco le llamó ‘ornitorrinco’ porque no encontró un nombre más raro”.

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