Nuclear II
“Existe una brecha extraordinaria entre nuestro sobredesarrollo tecnológico y nuestro subdesarrollo social”, a esta conclusión llegó el sociólogo Manuel Castells a finales de la década de 1990. Los ámbitos en que más se acusa nuestro subdesarrollo social son, sin ...
“Existe una brecha extraordinaria entre nuestro sobredesarrollo tecnológico y nuestro subdesarrollo social”, a esta conclusión llegó el sociólogo Manuel Castells a finales de la década de 1990. Los ámbitos en que más se acusa nuestro subdesarrollo social son, sin duda, el de la mala distribución de la riqueza, dado que 1.5% de la población mundial concentra 47.5% de la misma (Informe UBS, 2023) y de la alimentación, pues, a pesar de que la producción mundial alcanza para sustentar a todos los habitantes del planeta, el hambre mundial se sigue extendiendo, alcanzando ya a 20% de la población (ONU, 2023). Por su parte, el ámbito tecnológico en el que ha sido más claro nuestro sobredesarrollo hasta hoy (con permiso de la IA), quizás sea el de la ciencia nuclear. Dicha tecnología podría generar electricidad continua, limpia y resultar útil en distintos ámbitos, como el de la medicina y la agricultura, a cambio de que desarrollemos un control seguro de los desechos radiactivos. Sin embargo, el primer uso que le dimos fue para destruirnos. Como se consignó anteriormente, en este mismo espacio, actualmente se calcula que en el mundo hay unas 13 mil 080 cabezas nucleares, suficientes para destruir todas las ciudades del mundo (tres bombas por ciudad) y acabar con la mitad de la población global. Tan sólo el hecho de que esta energía exista conlleva un riesgo. Desde su desarrollo en la década de 1940 se han registrado centenares de accidentes nucleares en todo el mundo, tanto civiles (por ejemplo, los de Chernóbil –1986– y Fukushima –2011–) como militares (detonaciones accidentales, fugas radioactivas, armas dañadas e incluso extraviadas, que nunca se recuperaron). Pero lo que poca gente sabe es que en al menos nueve ocasiones el mundo estuvo más cerca de lo que se cree de una guerra nuclear por errores humanos y mecánicos que incluyen radares o satélites que confundieron cohetes científicos, otros satélites, la salida de la luna y hasta la luz del sol reflejada en las nubes con misiles nucleares enemigos. Los dos casos más célebres son el de las crisis de los misiles en Cuba (1962) y la de Able Archer (1983). Las principales potencias nucleares han rozado el desastre. Pilotos de aviones interceptores estadunidenses han abortado el despegue en el último momento y a Boris Yeltsin le llegaron a entregar el maletín nuclear con los códigos de lanzamiento para el arsenal de misiles rusos. Hoy, la nueva doctrina nuclear rusa y la obsesión de Trump por su arsenal nuclear nos devuelven 77 años al pasado con una Guerra Fría 2.0. Parece que, como dijo Karl Marx, la historia ocurre dos veces “primero como tragedia y después como farsa”. Vemos resurgir los ultranacionalismos por aquí y por allá, parecidos a los que auspiciaron la Primera Guerra Mundial, y aumentar el peso específico de individuos como Putin, Kim Jong-un, Xi Jinping, Trump o Netanyahu, tan carismáticos como Hitler, Mussolini, Hirohito, Franco o Stalin. El peligro inminente quizá no sea una guerra nuclear a gran escala, sino el mero uso de armas atómicas precisas de pequeña magnitud que traspasen el techo de cristal psicológico que consiguió que no se usaran en ninguna guerra de los últimos 80 años. Cabe preguntarse si será que, junto con las generaciones, envejecieron también las moralejas que nos dejaron las Grandes Guerras y el Holocausto y si entonces repetiremos la historia, esta vez como farsa.
Cronorrinco
Cada 23 de enero, los expertos en seguridad ajustan el Reloj del Apocalipsis, que marcará las 12:00 de la noche cuando haya una catástrofe global. Desde 2023 está lo más cerca que hemos llegado a estar: a 90 segundos de la medianoche.
