Kōan
Una de las escuelas del budismo, la Zen, utiliza una curiosa herramienta para ayudar a alcanzar la iluminación, o satori, a través de la meditación, llamada kōan “caso público”, en español, que consiste en un acertijo que pretende ser tan desconcertante que lleve ...
Una de las escuelas del budismo, la Zen, utiliza una curiosa herramienta para ayudar a alcanzar la iluminación, o satori, a través de la meditación, llamada kōan (“caso público”, en español), que consiste en un acertijo que pretende ser tan desconcertante que lleve al colapso de la razón lógica, liberando al aprendiz de ella y abriendo el paso a una esclarecedora irracionalidad que lo acerca al satori. El más conocido de estos enigmas dice así: “Cuando cae un árbol en medio del bosque sin que nadie lo escuche, ¿qué ruido hace?”. Aunque me entristece, confieso que me siento considerablemente lejos del objetivo, pues, hasta ahora, no he conseguido hacer entrar en conflicto a mi razón con ninguno de los que conozco. Por ejemplo, a ese kōan yo respondo con total sinceridad, con una onomatopeya: “riaj, ¡pum!”. Sin embargo, hace un par de semanas alguien me pidió mi opinión sobre una frase que se encuentra en el libro del escritor estadunidense, James Branch Cabell, titulado: El Semental Plateado, que sí me desconcertó. Es ésta: “El optimista proclama que vivimos en el mejor de los mundos posibles; el pesimista teme que sea cierto”. La primera dificultad se genera a partir del delicado asunto de decidir si éste es efectivamente el mejor de los mundos posibles. Leibniz, el filósofo alemán, llegó a la conclusión, allá por 1710, de que necesariamente así debía ser, basándose en la existencia de un Dios perfectamente potente y bondadoso, que por eso mismo no crearía otro mundo que no fuera el mejor. Pero, entonces, ¿por qué en el mejor de los mundos posibles hay hambre, guerras, enfermedades y desastres naturales? Esta pregunta desemboca en la que se conoce como la Paradoja de Epicuro, la cual sostiene que, o en realidad Dios no tiene las propiedades que le atribuimos (bondad absoluta, omnisciencia y omnipotencia) o de plano no existe, pero Leibniz sorteó ambas consecuencias sosteniendo, en poquísimas palabras, que no hay inconsistencia con los atributos de Dios ni su existencia, si está permitiendo deliberadamente una cota de mal, porque así optimiza el bien en el mundo. Una salida airosa. En cuanto a la perspectiva pesimista, en 1819, otro filósofo alemán, Schopenhauer, sostuvo que vivimos necesariamente en un límite inferior, es decir, en el peor de los mundos posibles, porque, “si fuera un poco peor, no podría ni siquiera seguir existiendo”. La paradoja estriba en que, ambas posturas llevan a no esforzarnos por tratar de mejorar. Entonces, con qué criterio se podría responder a la pregunta: ¿qué actitud conviene elegir?, la optimista o la pesimista. Tras meditarlo, llego a una conclusión que me parece comparable con las respuestas de los kōan que conozco (por ejemplo, la respuesta correcta al kōan: “¿Tiene un perro naturaleza búdica?”, es “Mu” —vacío–), porque, entre ser optimista o pesimista, concluyo que lo mejor es ser realista, ya que, como dijo el escritor, William G. Ward: “El pesimista se queja del viento; el optimista espera que cambie; el realista ajusta las velas”.
- EL GATO DE NANSEN
El maestro Zen, Nansen, le contó a su célebre discípulo, Joshu, que ese mismo día por la mañana había matado a un gato, porque, tras encontrar a unos monjes discutiendo por el minino, quiso aprovechar el conflicto para plantearles un kōan: colocó una hoz cerca del felino y les dijo: “Si alguno da una buena respuesta, pueden salvar al gato; de lo contrario lo cortaré en dos”. Tras escuchar la historia, Joshu se quitó sus sandalias, se las puso sobre la cabeza y se fue. El maestro Nansen entonces dijo: “Si hubiera estado Joshu, hubiera salvado al gato”.
