Guerra institucionalizada
Ludwig Wittgenstein, famoso filósofo austriaco, sostuvo que el lenguaje no sólo describía la realidad, sino que además participaba en su construcción. Si se piensa con cuidado, esta idea resulta asombrosa: significa que creamos lo que somos capaces de pensar e implica ...
Ludwig Wittgenstein, famoso filósofo austriaco, sostuvo que el lenguaje no sólo describía la realidad, sino que además participaba en su construcción. Si se piensa con cuidado, esta idea resulta asombrosa: significa que creamos lo que somos capaces de pensar e implica que los límites de nuestro pensamiento están determinados por los de nuestro lenguaje, es decir, pensamos con palabras, por lo que nuestro lenguaje determina la realidad que podemos construir. Esto respalda, parcialmente al menos, la propuesta de la neurolingüística programada, imprecisamente traducida al español como: Programación Neurolingüística (PNL), según ha criticado el propio cocreador de la disciplina, y lingüista estadunidense, John Grinder, quien, en conjunto con el psicólogo, matemático e informático, Richard Bandler, concibió dicha metodología en la década de los 70. La PNL propone que nuestro sistema neurológico procesa las experiencias que percibimos a través de palabras (neurolingüística), las cuales fijan lo que de las experiencias aprendemos y aplicamos (programada). En resumen: las palabras que conocemos, escuchamos y decimos determinan nuestra conducta.
El viernes pasado, sucedió algo que podría parecer inocuo, pero que no lo sería: el presidente estadunidense firmó una orden para cambiar el nombre del Pentágono por el de “Departamento de Guerra”. Esta medida podría ocasionar las siguientes consecuencias, de acuerdo con la PNL: la palabra “guerra” estimulará representaciones internas ligadas a violencia, confrontación, enemigos, conflicto y destrucción, predisponiendo tanto a los funcionarios del gobierno (el título del secretario de Defensa también cambia a secretario de Guerra) así como a los ciudadanos a concebir toda relación, externa e interna, como potencialmente agresiva. Lo anterior, debido a que el nombre funcionará como un “anclaje emocional” a nivel inconsciente, activando sentimientos asociados con la lucha. Los miembros de dicho organismo tenderán a priorizar, sin apenas darse cuenta, narrativas de ataque, armamento y confrontación, en lugar de disuasión, cooperación o paz. En resumen, el simple cambio de nombre predispondrá mental y emocionalmente al enfrentamiento.
La evidencia histórica parece apoyar esto: España tuvo un Ministerio de Guerra de 1851 a 1939, periodo durante el cual peleó las guerras de África, Segunda y Tercera Guerra Carlista, la Independencia de Cuba, Guerra de Filipinas, de Marruecos y la Guerra Civil Española; el Imperio ruso tuvo un ministerio con idéntico nombre de 1802-1917, y en ese tiempo peleó seis guerras: las napoleónicas, la de Crimea, el Cáucaso, la ruso-turca, la ruso-japonesa y la Primera Guerra Mundial; Argentina y Chile participaron en tres guerras, respectivamente, mientras tuvieron un Ministerio con el mismo nombre, y Brasil en cinco. En México existió la Secretaría de Guerra y Marina, de 1814 a 1937, periodo en el que se verificaron la Guerra de Independencia (1810-1821), la Guerra con Estados Unidos (1846-1848), la Guerra de Reforma (1857-1861), la Intervención Francesa (1862-1867), la Revolución Mexicana (1910-1920) y el Conflicto Cristero (1926-1929). Estados Unidos también creó su Departamento de Guerra en 1789 y lo mantuvo por 150 años, durante los cuales peleó contra Reino Unido, España, México, Filipinas y en dos guerras mundiales, además de la Guerra de Secesión y de luchar contra sus propios nativos americanos.
En la mayoría de los países en que ha habido un Ministerio o Secretaría de Guerra, el periodo en el que existieron coincidió con conflictos internos y externos de gran escala, hasta que, después de la Segunda Guerra Mundial, las naciones, ya hartas de violencia, optaron por renombrar sus estructuras militares con términos como “defensa”, en lugar de “guerra”, para tender a la paz.
- NORMALIZACIÓN
Lo anterior significaría que es un acierto utilizar conceptos positivos, como “Bienestar”, en secretarías, organismos, institutos, programas asistenciales y hasta en productos, pero un craso error institucionalizar el robo en el título de un organismo.
