El corazón de Proteo

Tembló la tierra y esta vez pagamos las consecuencias en Turquía y Siria

Tras el apareamiento, la hembra de ornitorrinco incuba los huevos y después alimenta a las crías durante casi cuatro meses, hasta que abandonan la madriguera. El macho no participa en la crianza.

  • SABEMOS DEMASIADO

Tembló la tierra y esta vez pagamos las consecuencias en Turquía y Siria. Las últimas cifras hablan de más de 34 mil de nosotros que ya no están. Según el jefe de los servicios humanitarios de la ONU, probablemente la cifra se duplique. Pero, ¿qué significan para nosotros los cardinales 35 o 70 mil? Sólo magnitudes… hasta que nos llegan imágenes de dos pequeñas hermanas en Siria, inmóviles bajo pesados escombros, la mayor hablando en una lengua extranjera que, sin embargo, deja clara su necesidad de ser liberada y muestra su frustrada urgencia por confirmar si su hermana se encuentra bien (lo está), a pesar de sus limitados movimientos. De repente, las neuronas de nuestro corazón catalizan a las del cerebro (sí, tenemos decenas de miles de neuronas en el corazón que se comunican con el cerebro): “¡35 mil!”, recordamos, pero esta vez mesándonos los cabellos. Ya no es una cifra hueca, sino niñas, amigos, madres, recuerdos, abuelos, vecinas, pensamientos, colaboradores, tíos, amantes, sueños, compañeras…, y todo se ha perdido. Y entonces, el corazón va y se nos rompe. Hoy, sabemos que la frase “se me parte el corazón” a veces es literal. Se llama Síndrome del Corazón Roto o Miocardiopatía de Takotsubo. Ante emociones de extrema tristeza o estrés, secretamos altos niveles de hormonas que llegan a producir en el corazón pequeñas fisuras que pueden afectar su correcto funcionamiento. Por lo general, el tratamiento consiste en dejar que las heridas cicatricen con el tiempo. O sea, ante la impotencia: resignación. Esto recuerda otra frase de la sabiduría popular: “El tiempo cura”. Y de temblores, solidaridad y cicatrices que curan con el tiempo, nosotros sabemos demasiado.

  • TEMOR Y TEMBLOR

Es el título de la célebre obra en la que Kierkegaard hace un análisis filosófico de una escena del Antiguo Testamento en la que Jehová le ordena a Abraham que sacrifique a su único hijo, y él lo hace, o lo intenta, porque, en el último momento, Dios lo detiene y lo exonera de cometer el parricidio. Sólo era una prueba. Recuerda este título la noticia de Turquía en la que el cuerpo de un hombre es recuperado, pero su hijo, a quien tenía en brazos, es rescatado. “¡Allahu Akbar!”, se escucha gritar a sus rescatistas, que también son las primeras palabras que los padres musulmanes susurran en el oído a sus recién nacidos. Y es que eso fue: un segundo nacimiento, pero esta vez mediado por el amor del padre quien, precisamente en medio del temblor y quién sabe en medio de qué tan horrible temor, “incubó” valientemente a su hijo para regalarle una segunda oportunidad. Quizás hayamos estigmatizado un poco, tanto la paternidad humana como esas palabras árabes.

  • PROTEO

La muerte de Proteo nos conmueve más inmediatamente que la terrible cifra de víctimas humanas. ¿Será porque humanos y perros hemos desarrollado la más bella simbiosis mutualista interespecífica que existe?, ¿o será un reconocimiento por su lealtad?

  • COINCIDENCIA

Navegando en internet, llegué a una página en la que un padre agradecía a la mesera de un restaurante en Pensilvania por el trato humano para con su hijo autista, quien ordenó galletas y chocolate para Perry, su peluche. El padre interrumpió el pedido, apenado. Minutos después lloraría conmovido por la sonrisa de su hijo mientras le servían a Perry. ¿Lo adivinó? Perry es un ornitorrinco.

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