Duelo de honor
El presidente estadunidense, quien criticó y a veces calumnió a sus predecesores por belicistas, quien en repetidas ocasiones declaró que prefería “llegar a un acuerdo con Irán” en lugar de “bombardearlo hasta la destrucción”, el mismo que basó su campaña ...
El presidente estadunidense, quien criticó y a veces calumnió a sus predecesores por belicistas, quien en repetidas ocasiones declaró que prefería “llegar a un acuerdo con Irán” en lugar de “bombardearlo hasta la destrucción”, el mismo que basó su campaña política en la promesa de ser un presidente pacifista, acabó el domingo pasado con décadas de cautela diplomática, bombardeando las instalaciones nucleares iraníes de Natanz, Isfahán y Fordo, con una operación bautizada como: Martillo de Medianoche. Muy a su estilo, no sólo lo hizo, sino que se ha vanagloriado cuanto ha podido del “gran éxito”, según él, que fue dicha operación. Por los próximos días, quizás hasta semanas, el mundo contendrá el aliento mientras el líder supremo iraní reacciona y tal vez sus aliados también. Además de los ataques de ayer a bases estadunidenses en Qatar, analistas, politólogos y estrategas concuerdan en que las respuestas podrán contemplar también ataques de Hezbolá a intereses estadunidenses en alguna de las 19 instalaciones militares (ocho permanentes) que tiene en la zona o a los navíos desplegados en aguas de la región, que podrían ser objetivo de los hutíes de Yemen, particularmente en el mar Rojo. Otra posibilidad que se temía era el inminente cierre del estrecho de Ormuz, por donde pasa una quinta parte de la demanda de petróleo y gas licuado mundiales, lo cual seguramente provocará una fuerte presión inflacionaria mundial. Con todo, lo más inquietante es que se haya empezado a hablar de que la alianza israelí-estadunidense podría estar favoreciendo la conformación de un eje ruso-chino-iraní, porque “Eje” y “Aliados” también pueden ser sustantivos, y eso a algunos todavía nos evoca un infausto recuerdo. Después del ataque, el comandante de las fuerzas estadunidenses sentenció: “Ahora Irán debe acceder a la paz”. Esto último ha motivado varias reflexiones en mi entorno, a propósito de qué santo habría que ser para no vengarse. Sorprendentemente, no hay que ser santo, sólo se requiere ser más inteligente que el agresor. Me explico: el filósofo alemán, A. Schopenhauer, se ocupó con prodigalidad, a mi parecer, del tema del honor y los duelos, llegando a la conclusión de que perder la vida por una ofensa verbal o física es una estupidez auspiciada por la insensatez que provoca el arrogante orgullo humano. Yo le creo. La pregunta es si también el ayatola de 86 años, de quien se dice que, de reaccionar tibiamente, perdería su prestigio; pero de hacerlo demasiado violentamente, podría llevarlo (a él y a todos) a perderlo todo. ¿Será humanamente posible recibir una ofensa y no reaccionar? Sin orgullo, sí. Séneca decía que lo que hacía un hombre sabio al recibir un golpe, incluso en la boca, era: nada, “no vengar el insulto, ni siquiera devolver el golpe, sino simplemente ignorarlo”, porque, en palabras de Schopenhauer, “un golpe es, y siempre será, una lesión física trivial que un hombre puede hacer a otro; demostrando, por lo tanto, nada más que su superioridad en fuerza y habilidad, o que su enemigo estaba desprevenido”. Ante una disputa no contemplada en la ley, nos asegura que el más inteligente cederá porque sabrá que hay batallas en las que gana el perdedor. Por cierto, el filósofo extiende sus conclusiones al “honor nacional”.
INTELIGENCIA
Entre las escenas de guerra que se están transmitiendo, lamentablemente, llegó a mí la de un niño herido. Automáticamente sentí lo que Rousseau llama “piedad”, es decir, un deseo irrefrenable de que su sufrimiento se detuviera de inmediato. Entonces recordé que, curiosamente, él mismo opinaba que es una virtud conveniente para los débiles, y que para Spinoza es incluso inútil, si se vive bajo la guía de la razón.
