Dos veces
Para las ciencias sociales, las naturales y teorías interdisciplinarias, la existencia de la verdadera conducta altruista se considera prácticamente imposible, porque estamos dogmáticamente convencidos de que todas nuestras motivaciones posibles tienen que ser ...
Para las ciencias sociales, las naturales y teorías interdisciplinarias, la existencia de la verdadera conducta altruista se considera prácticamente imposible, porque estamos dogmáticamente convencidos de que todas nuestras motivaciones posibles tienen que ser exclusivamente egoístas. Para el conductismo psicológico de B. F. Skinner, todo comportamiento está determinado por el refuerzo. Si una conducta se repite, es porque produce consecuencias agradables o evita consecuencias desagradables. En este sentido, ayudar a otros sólo podría reforzarse por sentimientos de aprobación, alivio o satisfacción.
De hecho, la respuesta más verosímil que han encontrado los psicólogos al sacrificio extremo es que debe ser una forma de escape de la culpa. Por su parte, para la teoría económica, los actos de aparente altruismo, como donar a una causa o salvar a un desconocido sólo pueden explicarse como estrategias para obtener pagos implícitos, ya sea en forma de recompensas, prestigio social, reciprocidad futura o bienestar emocional. Incluso, según la ley de la selección natural de la teoría de la evolución de Darwin, los actos altruistas, junto con los individuos que los practican, debieron extinguirse o estar en proceso de hacerlo; sin embargo, se siguen registrando actos altruistas en la mayoría de las especies, la nuestra incluida, dentro y fuera de los laboratorios.
Una de las demostraciones más ilustrativas viene de la variante con macacos Rhesus del experimento diseñado por primera vez por el psicólogo norteamericano Russell Church (1959) con ratas, en el cual se observó que los macacos preferían no tirar de una cadena que les proporcionaba alimento si al hacerlo atestiguaban que otro macaco, alejado de ellos, recibía una descarga eléctrica.
Hubo un mono que, después de ver que tirar de la cadena le proporcionaba alimento, pero lastimaba a su congénere, se abstuvo de tirar de la cadena, llegando prácticamente a dejarse morir de hambre con tal de evitar infligir dolor a otro, acumulando hasta doce días sin comer. Lo desconcertante de estos actos altruistas ha llevado a grandes mentes, como la de Richard Dawkins, a justificaciones tan creativas como decir que lo que pasa es que la selección natural actúa sobre los genes y que éstos son en última instancia los egoístas “motivándonos” a ayudar a quienes tienen probabilidad de compartir genes con nosotros.
Lo malo de esta explicación es que no sirve para explicar los casos registrados de altruismo interespecífico, como el de las ballenas jorobadas que se interponen entre las orcas y sus presas, los delfines que han salvado a humanos de ataques de tiburón, o las tres focas que salvaron a un perro de ahogarse en el río Tees en 2002, entre muchos otros ejemplos.
Para la filosofía, en cambio, hay una posibilidad que puede dar explicación a todos los actos altruistas: el amor. Para probarlo, sin mayores disquisiciones, bastaría con que el lector curioso pensara si alguna vez ha llegado a hacer algún sacrificio (por menor que parezca) sólo por procurar el bienestar o la felicidad de alguna persona amada. Si su respuesta es positiva, ha salvado al acto altruista para siempre.
LEGADO
Escribo esto porque, sin haber superado el fallecimiento de Alicia Matías Teodoro, la “abuelita heroína” que protegió a su nieta de las llamas con su cuerpo, me he enterado de que la semana pasada, Dulce, una joven madre de 25 años de Tijuana, sacrificó su vida para salvar a su hija de dos años de ser atropellada. Quisiera que esta niña, así como Jazlyn Azuleth, la bebé rescatada por la abuelita heroína, supieran que, al margen de frías explicaciones científicas, utilitaristas o de motivaciones inconscientes, estos actos de amor existen, son hermosos y que ellas pueden vivir orgullosamente la vida que les han obsequiado, dos veces.
