Descaro

El sábado pasado se realizó la segunda jornada de protestas bajo la consigna No Kings la primera fue el 14 de junio en defensa de la democracia, rechazando la concentración del poder en el Ejecutivo y en oposición a las políticas migratorias. En respuesta, el ...

El sábado pasado se realizó la segunda jornada de protestas bajo la consigna No Kings (la primera fue el 14 de junio) en defensa de la democracia, rechazando la concentración del poder en el Ejecutivo y en oposición a las políticas migratorias. En respuesta, el mandatario estadunidense publicó un video generado con inteligencia artificial en el que se le ve portando una corona regia mientras pilota un avión de combate desde el que lanza a los manifestantes barro, al ritmo de la canción insignia de la película Top Gun (Danger Zone). Aunque, a primera vista, responder con sarcasmo pudiera parecer frívolo, en realidad es una hábil estrategia, ya que diversos estudios demuestran que el uso de la ironía consigue restar seriedad a las críticas recibidas; no obstante, sólo es una estrategia efectiva si se está ante una mayoría de ciudadanos pasivos.

En Consideraciones sobre el gobierno representativo, el filósofo John Stuart Mill criticó a quienes se limitaban a ser receptores pasivos de las decisiones políticas, ya que su indiferencia, pensaba, los conduce a una posición de vulnerabilidad frente al abuso del poder. Pero, en la actualidad, podríamos estar ante algo que va más allá de la sola indiferencia. Quizás se trate de un fenómeno de admiración por el descaro. Baste recordar la célebre declaración de que: “Podría dispararle a alguien en plena 5ª Avenida y no perdería ni un votante”. En una democracia consolidada, habría cabido esperar que tal afirmación le costara las elecciones; sin embargo, no fue así. ¿Por qué?

En su libro El futuro de la democracia, Norberto Bobbio se mostraba seguro de que, en una democracia, ningún funcionario podría hacer público que hubiera cometido acciones injustas o decir abiertamente que planeaba hacerlo, porque, naturalmente, esto provocaría una reacción que neutralizaría sus aspiraciones políticas. Hubiera sido interesante saber qué hubiera pensado de nuestro bochornoso episodio de Layín, el político nayarita quien, según su propia declaración hecha en un mitin de campaña para reelegirse como alcalde de San Blas, en 2014, confesó que le había robado al municipio “pero poquito”, durante su mandato de 2008. Sorprendentemente, en vez de haberle sido recriminado esto en las elecciones, las ganó por segunda ocasión, a pesar de ello... o, quizás, por ello.

La estrategia política descarada de “doblar la apuesta” es una táctica de manipulación que tiene la finalidad de influir en la percepción de los demás. Para que funcione se tiene que contar con la involuntaria complicidad del ciudadano, quien interpreta el cinismo del candidato o funcionario como un derroche de virtud, como la valentía, sinceridad o seguridad, aunque no necesariamente las posea. Esto podría explicar que el senador Noroña haya salido bien parado cuando se le confrontó por ignorar deliberadamente el principio de austeridad, que él mismo antes promocionaba, volando en business class a Europa, adquiriendo una mansión de 12 millones de pesos o rentando un jet privado de lujo para viajar. Como es sabido, en todos los casos ha respondido con actitud retadora y provocativa, diciendo que “business class no es primera clase”, que la citada propiedad es “sencilla” y “de clase media”, y que lisa y llanamente seguirá utilizando “taxis aéreos”.

Teorías

Una posible explicación de por qué funcionan estas tácticas, la aporta la teoría de la disonancia cognitiva, la cual explica que, la tensión interna sufrida por el descubrimiento de que lo que se creía (por engaño) no es la realidad, puede llevar a que las personas intenten racionalizar la creencia original para reducir su incomodidad, lo que los precipita a interpretar algunas características de la personalidad (cinismo), como si fuera una cualidad deseable (honestidad).

Temas: