Un egoísta alegará con total sinceridad y por lógica inductiva que todas las acciones humanas son egoístas.
En su libro La economía de la rosquilla, la economista inglesa Kate Raworth defiende que es urgente que cambiemos la forma de entender la economía para que podamos diseñar sistemas económicos que garanticen una vida digna para todas las personas, pero dentro de los límites ecológicos del planeta. La lógica fundamental de su propuesta es la siguiente: detrás de nuestra obsesión por que el PIB de todos los países sea siempre mayor que el del periodo anterior, hay una falacia: que la Tierra tiene recursos infinitos. En 2009, 28 científicos internacionales, liderados por el director del Stockholm Resilience Centre de Suecia, Johan Rockström, establecieron nueve límites planetarios; de éstos, ya hemos transgredido los primeros siete: cambio climático, integridad de la biósfera, cambio en los sistemas terrestres, uso de agua dulce, flujos biogeoquímicos (nitrógeno y fósforo), entidades nuevas (sustancias químicas sintéticas) y acidificación oceánica. Los únicos dos que no hemos sobrepasado todavía son: agotamiento de la capa de ozono y carga de aerosoles atmosféricos. Exceder uno solo de estos umbrales ya significa que nuestra especie ha modificado dinámicas planetarias complejas, incrementando la probabilidad de cambios irreversibles en el clima, ecosistemas y ciclos vitales.
Avanzando en su crítica a la teoría económica clásica, se llega a un supuesto, el del Homo economicus. En opinión del que escribe, éste es el talón de Aquiles de la teoría clásica y, haberlo tomado demasiado en serio, el origen de todas las discordias. Para los fines prácticos de la ciencia económica, dicho “ser humano económico” somos todos en nuestra faceta de tomadores de decisiones. John Stuart Mill, quien cooperó para definirlo, pensaba que era una representación exagerada y arbitraria del ser humano, pero indispensable para la ciencia, porque reconocía que era una simplificación necesaria que nos permitiría avanzar en el conocimiento. En resumidas cuentas, según esta caricatura, nuestras características son que siempre razonamos y calculamos cada acción; que poseemos información perfecta ante cada disyuntiva; que deseamos riquezas, porque nos gustan los lujos; que odiamos el trabajo; y que somos individualistas buscadores de nuestro beneficio personal, exclusivamente, o sea: egoístas por naturaleza. Ésta es la clave.
El tópico es el más difícil de criticar, debido a tres razones: primero, porque se nos condiciona a creer que es cierto; segundo, porque queremos creer que lo es; y tercero, porque lo forzamos a serlo. De que somos irremediablemente egoístas se nos tiene que persuadir, por la sencillísima razón de que las motivaciones de cualquier acto humano son indemostrables. Lo anterior quiere decir que, naturalmente, un egoísta alegará con total sinceridad y por lógica inductiva que todas las acciones humanas son egoístas; por su parte, sólo quien es capaz de ser altruista sabe lo contrario. Así que, se nos convence de que somos egoístas porque es el supuesto fundamental en el que se basan muchas de nuestras ciencias, sin el cual habría que replantearlas; piénsese en la ciencia política o en la biología evolutiva (el gen egoísta), además de la economía. Queremos creer que es cierto, porque esto confirma la intuición que nos ha sido inculcada, liberándonos de tener que buscar respuestas más complejas. Y, finalmente, autocumplimos la profecía comportándonos egoístamente, también obligados por los demás, para que nuestra comprensión de la realidad mantenga su sentido. En pocas palabras, lo que empezó siendo un modelo del ser humano se acabó convirtiendo en un modelo para el ser humano.
PROPIEDAD
El título original del libro, Doughnut Economics, no se pudo traducir por Economía del Dónut, en España, debido a que Grupo Bimbo tiene derechos exclusivos de uso comercial de la palabra, aunque la RAE la reconozca como término genérico.
