Círculo vicioso
Conviene no confundir lo popular con lo democrático. Las decisiones democráticas han de ser pertinentes e incumbir a la mayoría.
El proceso interno de Morena asignará su candidatura a la Presidencia al aspirante que sea más popular. ¿Esto es deseable?
LO POPULAR
Etimológicamente, la palabra “popular", del latín popularis, hace referencia a todo aquello que agrada o que es muy conocido por el pueblo. Por eso decimos que este cantante, tal baile, esa bebida o aquel destino turístico son populares cuando son los más reconocidos o los que busca el pueblo con más frecuencia. La definición parece ser tan simple que apenas al escucharla sentimos que ya hemos comprendido el significado de lo que es popular, pero no. En realidad, falta resolver un enigma: concretamente, ¿quién es ese pueblo? Según la teórica política, Margaret Canovan, “el pueblo" se ha utilizado históricamente sobre todo en tres sentidos: para nombrar al vulgo (en términos modernos: los excluidos), para referirse a un grupo definido culturalmente (pueblos originarios) o para denominar a todos los miembros de una comunidad (pueblo de México). Sin embargo, advierte Jan-Werner Müller, hay un uso más: para los gobiernos populistas, “el pueblo" es una entidad abstracta que, eso sí, siempre los apoya. Esto se debe a que, por principio, los populistas se autoproclaman los legítimos representantes de ese pueblo ficticio, por lo que sería imposible que ese pueblo ideal los contradijera. Así, unas veces sostienen que “el pueblo" son solamente los olvidados, otras veces los indígenas, algunas más su propio cuerpo político, pero nunca todos a la vez, porque los populistas nunca son plurales. Esto explica que, por ejemplo, cuando los indígenas chontales, tzotziles, mayas y el EZLN manifestaron su rechazo a los proyectos de infraestructura impulsados por el actual gobierno, como el Tren Maya, simplemente no consideraron su voluntad como representativa del pueblo y como, además, suelen definirse por identidad negativa (“no somos ellos", “con nosotros o contra nosotros"), los volvieron sus adversarios, reales o inventados.
LO DEMOCRÁTICO
También conviene no confundir lo popular con lo democrático. Las decisiones democráticas han de ser pertinentes e incumbir a la mayoría. Nadie, en sus cabales, sometería a consulta democrática si se debiera alcanzar la redención religiosa tomando bebidas espirituosas en vez de orar ni tampoco la elección de su neurocirujano particular. También hay decisiones que competen a minorías cualificadas. Hay que aceptar, pues, que el que algo sea popular no significa que sea necesariamente lo mejor. Ilustrando esto con un lugar común: seguramente Hitler todavía se encuentra entre los primeros puestos de cualquier ranking de personajes más populares. Además, mezclar el populismo con la democracia nos precipita al cortoplacismo, por la sencilla razón de que “la mayoría […] es incapaz de otro esfuerzo que el estrictamente impuesto como reacción a una necesidad externa", como ya señaló Ortega y Gasset. La experiencia ha demostrado que los regímenes populistas terminan abusando de los recursos y de las instituciones, por decirlo en términos actuales: “por los likes". Y después, si hay alternancia, quienes les suceden a los populistas se ven obligados a sanear los balances, imponiendo sacrificios y favoreciendo, en consecuencia, el eventual retorno, por vía democrática, de los gobiernos populistas. Y vuelta a empezar. Un círculo vicioso en toda regla, y todo por no distinguir lo popular de lo democrático.
PARTIDOS
La primera novela del escritor Michael Marotta es El Partido del Ornitorrinco, mismo que gana las elecciones al burro de los demócratas y al elefante republicano.
