Canto de sirenas

Nietzsche sostiene, en La genealogía de la moral, que una de las capacidades que separan al hombre de los animales es la de tener “voluntad duradera propia”, es decir, la de hacer promesas. Prometer significa disponer de nuestro futuro en el presente. Cuando se ...

Nietzsche sostiene, en La genealogía de la moral, que una de las capacidades que separan al hombre de los animales es la de tener “voluntad duradera propia”, es decir, la de hacer promesas. Prometer significa disponer de nuestro futuro en el presente. Cuando se reflexiona, suele admirarnos el descubrir que sólo tiene sentido que prometamos hoy lo que calculamos que mañana no querremos cumplir, que nos será penoso cumplir o ambas cosas. En otras palabras, es trivial prometer que trataremos de evitar dolores inútiles en el futuro, pero no lo es prometer que evitaremos placeres viciosos. Cuando se cae en la cuenta, asombra reconocer que, al prometer fidelidad, por ejemplo, no estamos asegurando que nunca sentiremos tentación (como se suele creer); sino, por el contrario, que, conscientes de que la sentiremos en el futuro, cuando llegue el momento, resistiremos a nuestras inclinaciones por el compromiso adquirido en el pasado con nosotros mismos. Por lo tanto, el mecanismo que subyace a las promesas es parecido al contrato que hizo Ulises, el héroe griego, con su tripulación para poder pasar por la Isla de las Sirenas. Según nos cuenta Homero, para llegar a ser el único hombre que escuchó el canto de las sirenas sin perecer, hizo caso a la diosa Circe, quien le indicó que debía ordenar a su tripulación que lo ataran al mástil y se taponaran las orejas con cera hasta haber librado el peligro, para que no pudieran escuchar ni el canto hechicero de las sirenas ni sus propias contraordenes para que lo soltaran. Las cuerdas representan la voluntad con que nos atamos hoy para afrontar el futuro. Es cierto que para algunos son hilos de remendar, pero para otros significan verdaderos cabos de amarre. A quienes poseen éstos últimos, es decir, a quienes tienen una voluntad tal que cumplen siempre con su palabra, es a quienes llamamos leales. Ahora bien, las promesas se ofrecen a cambio de algo, en estos ejemplos: fidelidad recíproca o poder gozar de un canto inigualable. Actualmente, durante las campañas políticas, estamos recibiendo promesas a cambio de nuestro voto. Como ésta es la única oportunidad (real) que tendremos de premiar la honestidad o castigar la hipocresía en mucho tiempo por venir, deberíamos esforzarnos por desenmascarar a los embaucadores. Se podría pensar que los partidos oficialistas están en desventaja para conseguir engañarnos, porque de ellos ya podemos saber que incumplen sus promesas, lo cual debería ser cierto, pero también nos corresponde valorar las propuestas opositoras sin candidez. Es nuestra responsabilidad detectar también las promesas huecas, porque son las que delatan la demagogia oculta. Cuando no se piensa honrar lo prometido, los únicos límites son la imaginación y la ingenuidad de los incautos, como cuando se promete que alcanzaremos en unos cuantos meses un sistema de salud equiparable al de un país escandinavo cuyo PIB per cápita es casi seis veces el nuestro, que como proporción de su PIB destina más de tres veces lo que nosotros a salud y cuya población representa apenas el 5% del tamaño de la nuestra. Prometernos cosas así, lejos de entusiasmarnos, debería precavernos, pero, como dijo Mark Twain: “Es más fácil engañar a la gente que convencerlos de que han sido engañados”.

TRUCOS

Cuando, a finales del siglo XVIII, el asistente del Conservador del Museo Británico de Historia Natural, el doctor George Shaw, recibió un ejemplar disecado de ornitorrinco, creyó que se trataba de una “sirena oriental”. Éstas eran creadas por taxidermistas japoneses y chinos, cosiendo hábilmente la parte superior de un mono a la parte inferior de un pez, para exponerlas en ferias.

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