La palabra “alberca” proviene del árabe al, que significa “la”, y birkah, que se traduce por “charca”. Una charca, como se sabe, hace referencia a una cierta cantidad de agua contenida en una concavidad de terreno. De manera que una alberca es una gran charca. Una charca olímpica tiene las siguientes dimensiones oficiales: 50 metros de largo, 25 de ancho y aproximadamente dos metros de profundidad, por lo que pueden contener unos 2.5 millones de litros de agua. Estos datos serán relevantes enseguida.
La noche del 10 al 11 de mayo se registró en la Ciudad de México una lluvia que obligó a activar la alerta púrpura de fenómenos pluviales extremos, el máximo nivel del semáforo de riesgo por precipitaciones por metro cuadrado (más de 70 litros), por encima del nivel naranja (de 30 a 50 l/m²) y del rojo (de 50 a 70 l/m²). En tan sólo unas horas cayó más agua, 28.5 millones de litros, que el promedio registrado para un mes de mayo. Tal cantidad de agua es equivalente a la requerida para llenar 11 mil 400 albercas olímpicas, unos 570 kilómetros de albercas, lo cual equivale, aproximadamente, a la distancia que hay entre la Ciudad de México y Guadalajara. Lo inquietante es que lo anterior no fue una precipitación récord aislada. El jueves pasado, en Mérida, también cayó más del doble de agua que el promedio históricamente registrado para un mes de mayo, lo que la convirtió en la lluvia más intensa observada desde que se tienen registros (1951). De acuerdo con varios reportes, en un par de horas cayó suficiente agua como para llenar más de 50 mil albercas olímpicas. Esto sería como tener albercas olímpicas llenas de agua sobre toda la carretera que va de Chihuahua, Chihuahua, a Tapachula, Chiapas. Y eso que la temporada oficial de huracanes en México apenas inició ayer, primero de junio, para el océano Atlántico; la del océano Pacífico inició desde el 15 de mayo. Por si se está preguntando qué le pasa a toda esa agua: sobre México se precipita cada año tres veces la cantidad de agua que consumimos, pero tan sólo 5% recarga nuestros acuíferos de forma natural; 20% escurre superficialmente (si no se anega y contamina); y 75% se evapora.
Hace poco alertamos de las dificultades que enfrentaremos este ciclo como resultado del fenómeno climático del Súper Niño, o como algunos han comenzado a llamarlo, Niño Godzilla II: sequías en el noreste y norte (Baja California, Sonora, Chihuahua, Coahuila, principalmente); y lluvias históricas en estados del sur y sureste (sobre todo en Guerrero, Oaxaca, Chiapas, Veracruz y Tabasco). Con estas condiciones, una razonable administración del riesgo hubiera consistido en elaborar, o hacerlo cuanto antes, algún plan que permitiera captar, tratar y trasladar el agua pluvial de donde sobrara a donde faltara, dentro del territorio mexicano. Hasta que no hagamos esto, lo que padeceremos por sequías e inundaciones implicará un doble sufrimiento: el directo y el que derive de saber que, a pesar de haber sido advertidos y de haber tenido, en algún momento, suficiente tiempo, sencillamente no hicimos nada para evitarlo.
INTERJECCIÓN
En la Nueva España las casas no contaban con drenaje ni agua corriente, por lo que el agua utilizada para aseo, lavar trastes, ropa e incluso el contenido de bacinicas se arrojaba a la calle, dejando que corriera por el suelo hasta secarse. Antes de tirarla, se tenía la cortés costumbre de gritar una advertencia para los transeúntes: “¡Aguas!”, para que evitaran ser accidentalmente salpicados o bañados con las aguas negras. Con el tiempo, se fijó como una interjección de alerta.
