Es evidente la fusión, subordinación y/o identificación estrecha de Morena con las instituciones del Estado mexicano.
Ya no sabemos dónde termina el partido y comienza el gobierno.
Lo vimos claramente el domingo pasado en el evento en que la presidenta Claudia Sheinbaum festejó dos años de su victoria electoral.
A todas luces, se trató de un acto partidista por la gente que asistió y por el discurso que dio la mandataria.
Se vale que, en día no laborable y sin utilizar recursos públicos, los morenistas realicen un mitin para celebrar a su líder política natural que es la Presidenta. Se vale que asistan los militantes o simpatizantes del partido.
Lo que no se vale es la asistencia de representantes de instituciones que son del Estado, no del partido.
En primer lugar, resalto a los jefes de las Fuerzas Armadas. Ahí estuvieron, con uniforme militar de gala, el general secretario de la Defensa Nacional y el almirante secretario de Marina. Al igual que los otros participantes del presídium, aplaudieron a la Presidenta cuando realizó una serie de pronunciamientos políticos, incluyendo críticas a la oposición.
Por su naturaleza, las Fuerzas Armadas no deberían participar en este tipo de actos partidistas. El mensaje que envían es pernicioso para la competencia democrática.
¿Acaso el general Trevilla y el almirante Morales son miembros de Morena?
Como ciudadanos tienen derecho de tener sus preferencias políticas. Como jefes de las Fuerzas Armadas deben ser neutrales en la competencia partidista. Resulta un despropósito que activamente participen en eventos políticos de Morena. La línea entre partido gobernante y Estado se difumina.
Aparece el partido de Estado.
Ni qué decir de la presencia de seis de los nueve ministros de la Suprema Corte de Justicia, incluyendo su presidente, Hugo Aguilar. De nuevo, ellos pueden tener sus preferencias políticas en lo personal. Pero representan a uno de los Poderes de la Unión.
Que hayan asistido y aplaudido a la Presidenta demuestra cómo Morena capturó al Poder Judicial, incluyendo a su máximo tribunal. Ya no puede haber dudas. Una mayoría de ministros apoya irrestrictamente a la jefa del Ejecutivo federal. De nuevo, se borró la línea entre partido y Estado.
El partido gobernante, sin empacho, utiliza las instituciones del Estado a su favor. Representantes de supuestas instituciones del Estado nos confunden con su lealtad: ¿están más comprometidos con su responsabilidad constitucional o con el partido que los llevó a las posiciones que ostentan?
Estamos viendo cómo los funcionarios actúan simultáneamente como servidores públicos y operadores partidistas.
Mientras tanto, la oposición compite en condiciones desiguales. Si el PAN hubiera invitado a Trevilla, Morales, Aguilar o Batres a su evento partidista del sábado en Chihuahua, ¿hubieran asistido?
Desde luego que no. Con razón, se habrían disculpado argumentando que ellos representan a una institución del Estado.
Ah, pero a la de Morena sí van porque quien invita es la Presidenta, una Presidenta que el domingo se comportó más como jefa de partido que como jefa de Estado.
No hemos llegado al extremo de lo que sucede con el Partido Comunista de China, donde hay una completa simbiosis entre partido y Estado: son prácticamente inseparables. Ahí todos los cuadros importantes del gobierno son miembros del partido y participan activamente en sus eventos.
Parece que hacia allá vamos en México.
Ya no hay recato. Durante el autoritarismo priista por lo menos se guardaban las formas. Aunque todo el mundo sabía que las Fuerzas Armadas y la Suprema Corte tenían una afinidad priista, no participaban en actos partidistas. Lo máximo que llegaban era a presentarse y aplaudir discretamente en el Informe Presidencial.
En la academia hay todo un debate sobre las diferencias entre partidos de Estado, hegemónicos, dominantes y autoritarios competitivos.
Incluso, gracias a Katz y Mair, ha aparecido la figura del “partido cartel”. Estos autores argumentan que en las democracias occidentales no están desapareciendo los partidos, sino transformándose en organizaciones cada vez más dependientes del Estado y menos vinculadas a la sociedad civil.
La analogía viene de los carteles económicos que limitan la competencia. Los partidos de este tipo restringen la competencia política. Si los partidos surgieron para conectar a la sociedad con el Estado, los partidos cartel se convierten en representantes del Estado ante la sociedad.
Sea cual sea la categoría de partido en que se está convirtiendo Morena, una cosa es cierta: se están apoderando de las instituciones del Estado y lo presumen sin rubor alguno.
X: @leozuckermann
