“Las raíces son amargas, pero los frutos dulces”. Esta frase, con varias formulaciones (generalmente atribuidas a Aristóteles) ilustra que las metas que valen la pena son las que exigen disciplina, sacrificio y tolerancia a la frustración, ya que una vez conseguido el objetivo, a éste se añade algo invaluable: el crecimiento personal. Sin embargo, en la Universidad de Columbia, un grupo de investigadores, dirigidos por el psicólogo Walter Mischel, se preguntaron si podríamos haber llegado a justipreciar más las actividades que demandan esmero que las que dan una recompensa inmediata, sin razón. Para averiguarlo, aplicaron el hoy conocido experimento de ofrecer una golosina a niños en edad preescolar y el doble si conseguían pasar un tiempo indefinido a solas, sin comerla, hasta que volviera el experimentador. Lo valioso de su estudio es que fue longitudinal, o sea que recopilaron datos de los mismos sujetos durante décadas, encontrando que los niños que consiguieron demorar la recompensa obtuvieron un mejor rendimiento académico, laboral y social cuando crecieron y desarrollaron una mayor autoestima, prudencia e inteligencia que quienes no se contuvieron. Por otra parte, los criminólogos descubrieron que la conducta criminal es inversamente proporcional a la inteligencia, dejando claro que las sociedades que más oportunidades tienen de prevalecer son las que tienen más individuos capaces de buscar la gratificación diferida. En palabras del biólogo T. Henry Huxley: “La única medicina contra el sufrimiento, la delincuencia, y todos los males de la humanidad, es la sabiduría”.
Cada vez se habla más de los medicamentos GLP-1, siglas que en inglés significan “péptido similar al glucagón tipo 1”. Éstos son fármacos que imitan una hormona intestinal que aumenta la liberación de insulina, reduciendo la glucosa en sangre; retrasa el vaciamiento gástrico, ralentizando la digestión; y que, en resumen, disminuye el apetito. Al margen de las personas a las que les han sido recetados como tratamiento contra alguna enfermedad crónica, cabe concentrarse en quienes los están tomando por razones meramente estéticas (adelgazar). Son ya tantos que ha comenzado a haber incluso repercusiones sociales. Debido a la faceta socializante de la alimentación para nuestra especie, se está teniendo que redefinir lo que significa “salir a cenar” con personas que no van a cenar. A ellas, los profesionales de la salud ya han advertido de sus efectos adversos (náuseas, vómitos, diarreas o estreñimiento), del peligro de que generen desequilibrios hormonales con consecuencias imprevisibles a largo plazo y de que hasta podrían favorecer el desarrollo de trastornos mentales como la bulimia, la anorexia o la bulimarexia. Pero todavía hay un riesgo poco explorado: el peligro de generar una mayor “incapacidad volitiva”.
La voluntad es la capacidad humana de ordenar la propia conducta de manera consciente. Como si de un músculo se tratara, la voluntad requiere de ejercicio recurrente para desarrollarse. Es lo que hacen los ascetas (askesis: entrenamiento). Actualmente, sin embargo, padecemos una epidemia de abulia. En palabras del escritor argentino Alejandro Dolina: “La gente no quiere leer, quiere haber leído”; de igual forma, la gente no quiere adelgazar, quiere haber adelgazado. Sin esfuerzo, disciplina ni sacrificios. Con tales atajos, más allá de los posibles efectos secundarios, se está renunciando al crecimiento personal inherente a conseguir una meta.
MÁQUINA HEDONISTA
El filósofo R. Nozick ideó este experimento mental: existe una máquina que simula experiencias placenteras permanentes a quien acceda a ser conectado a ella, a cambio de renunciar para siempre a la vida real. Curiosamente, la gran mayoría la rechaza. Esto se debe a que no sólo aspiramos a ser felices, sino que queremos luchar por ello. Lo anterior se ilustra en la célebre frase: “Lo importante no es únicamente el destino, sino el viaje”.
