Reificación

Esta semana participé en un claustro académico titulado Florecimiento humano y universidad. La conferencia magistral corrió a cargo del doctor Josemaría Torralba, quien advirtió cómo los seres humanos hemos extrapolado el lenguaje de las máquinas a diversas actividades cotidianas, entre ellas la educación. Este fenómeno, conocido como “reificación”, entraña en el peligro de plantear los objetivos exclusivamente en términos de eficiencia o resultados, postergando así el desarrollo de las numerosas potencialidades de la persona.

A raíz de esto, me quedé reflexionando sobre la gran cantidad de tecnicismos que han permeado el mundo de la educación. Si un programa académico no resulta financieramente sustentable, la tendencia inmediata es clausurarlo, aun si se trata de una carrera humanista de valor fundacional. Las aulas deben ser optimizadas; cada banca vacía o cada bloque horario sin utilizar se percibe como un desperdicio. El tiempo del profesor se somete a rigurosos criterios de eficiencia para maximizar su presencia en el aula. Paralelamente, se asume que el “mejor” investigador es aquel que acumula el mayor número de publicaciones o que es citado con más frecuencia. Y la lista de ejemplos continúa.

Si bien es cierto que estos parámetros son valiosos en el contexto adecuado —especialmente cuando nos ayudan a ser más ordenados o a garantizar la viabilidad de las instituciones—, el verdadero problema surge cuando su lógica instrumental rige por completo la cultura organizacional, ignorando los aspectos comunitarios y humanos. Parafraseando a Torralba, la pregunta fundamental para los seres humanos no es si “funcionamos” —al estilo de los engranajes de una máquina—, sino si florecemos; es decir, si nos acercamos a la plenitud, a una vida lograda, y si somos capaces de desplegar todas nuestras capacidades en las distintas dimensiones de la existencia. Este mismo cuestionamiento interpela a las instituciones que, extraviadas en criterios netamente mecánicos, corremos el riesgo de diluir nuestra identidad, descafeinarnos, olvidar nuestra esencia y perder el alma.

En su reciente encíclica Magnificas Humanitas, el papa León XIV traza una lúcida distinción entre la inteligencia artificial y la humana. La artificial nos supera en velocidad, capacidad de cálculo y gestión de datos. Sin embargo, es incapaz de experimentar alegría o dolor, desconoce el significado del amor, del trabajo o de la amistad, no juzga el bien y el mal, y no puede captar el sentido último de las situaciones ni asumir el peso de sus consecuencias. En definitiva, como concluye el documento, la IA no habita en el horizonte afectivo, relacional y espiritual donde el ser humano verdaderamente accede a la sabiduría. Es por ello que, en la era de la inteligencia artificial, cuidar la educación de las personas en todas sus dimensiones se vuelve una tarea todavía más apremiante.

Por lo tanto, si en el mundo actual la estrategia educativa se limita a lo técnico, a lo eficiente y a lo meramente pragmático, nuestro futuro es idéntico a cero. Es más, tenemos la batalla perdida. En ese terreno, la carrera será ganada de forma exponencial por la propia IA y por otros mecanismos automatizados de acceso al conocimiento. Si, por el contrario, ayudamos al ser humano a florecer y educamos de manera holística, no sólo estableceremos una relación saludable con la IA, también sabremos utilizarla de un modo más inteligente (valga la redundancia). Si además de formar profesionales con altos estándares de eficiencia, capaces de entregar resultados y pensar con rigor, aspectos que desde luego no se deben descuidar, volcamos nuestros esfuerzos en ayudarles a forjar un propósito de vida, a desarrollar virtudes humanas y a ser empáticos con su realidad, entonces la educación cobrará un verdadero sentido y las instituciones educativas preservaremos nuestra relevancia.

Las nuevas tecnologías son, por naturaleza, ambivalentes. La IA puede ser nuestra peor enemiga, pero también una aliada extraordinaria si, a la par de su avance, somos capaces de impulsar los ámbitos humano y social. El florecimiento, como bien señalaba Torralba, germina desde el interior de la persona y le devuelve el lenguaje de los seres vivos a los propios seres vivos, quienes, por si fuera poco, poseen la facultad de dialogar y dominar simultáneamente el lenguaje técnico y científico. Sólo entonces asumiremos el timón, no únicamente de las cosas y las máquinas que nos rodean, sino de nuestras propias vidas.