Lecciones de un minero

Cuatro mineros quedaron sepultados tras el derrumbe de la mina Santa Fe, en El Rosario, Sinaloa, el 25 de marzo pasado. Uno de ellos, Francisco Zapata, fue hallado por elementos del Ejército mexicano después de trece días de búsqueda. “¿Tienes fe?”, le preguntó el militar que lo encontró. Zapata respondió que nunca la había perdido. Luego añadió: “¿Cómo está mi familia?”. “Todo está bien, te vamos a sacar de aquí”, le aseguraron los rescatistas.

En un contexto distinto, pero igualmente extremo, Stephan Kesting intentaba rescatar a un compañero bombero durante un terrible incendio en Canadá. Había practicado muchas veces ese tipo de misión. En el momento crítico, su protocolo exigía gritar para saber si había alguien con vida y, enseguida, guardar silencio absoluto para escuchar o detectar cualquier señal. Gracias a ese instinto forjado en la práctica deliberada, distinguió un guante que sobresalía entre los escombros. Fue suficiente. Detectó a su compañero, lo arrastró y lo sacó antes de que el edificio se derrumbara.

Quienes resuelven crisis desarrollan una capacidad instintiva para reaccionar en situaciones complejas. Las horas de entrenamiento intenso generan una segunda naturaleza que, puesta a prueba en los momentos decisivos, suele responder con precisión ante lo inesperado. El propio Kesting reconoció tiempo después que su hazaña no dependió de una determinación instantánea; fueron numerosos simulacros que, con el paso del tiempo, habían construido en él un instinto que le permitía saber cómo actuar sin necesidad de pensarlo.

Estas dos historias me llevaron a preguntarme si algo análogo ocurre —o debería ocurrir— en situaciones más ordinarias. Más en concreto, ¿es capaz la educación de desarrollar modos de actuar, marcos conceptuales y capacidades de reacción suficientes para enfrentar retos profesionales, acometer proyectos o simplemente responder a los múltiples estímulos del día a día?

Entonces recordé una anécdota de mis tiempos de estudiante de doctorado en Pamplona, España. En una de tantas conversaciones con mi director de tesis, después de revisar abundante bibliografía, citar autores y contraponer teorías, me aconsejó sentarme un día frente a la computadora sin ningún libro, con el internet desconectado. Simplemente abrir el Word y escribir todo lo que se me había quedado en la cabeza, del modo más articulado posible, sin la ayuda de nada ni de nadie. “Esas páginas que escribas, esas ideas que hilvanes de modo congruente, son el sedimento firme que está quedando de tus estudios. Con el paso del tiempo irás logrando cada vez más autonomía, con ideas propias, separándote de los autores”.

La lección del doctor Múgica va mucho más allá de un consejo para quien escribe una tesis. Es, me parece, una de las claves para quienes nos dedicamos a la educación en un mundo digitalizado que dificulta la reflexión y que puede convertirse en un obstáculo para el desarrollo del pensamiento propio. Lograr que los alumnos sean capaces de hacer este tipo de ejercicios —de pensar por sí mismos— es uno de los objetivos más difíciles y más necesarios de la práctica educativa.

Horas de estudio acompañadas de reflexión son capaces de generar, con el paso el tiempo, un instinto que ayuda a hacer lecturas tan rápidas como profundas de la realidad. Lo mismo pasa con otros aspectos de la educación cuando se fomentan con paciencia y consistencia. La verdadera herencia de una buena educación es aquello que permanece en las cabezas, corazones y voluntades de los estudiantes más allá de un examen concreto; lo que no se olvida con el tiempo, porque se ha convertido en conocimiento profundo, sabiduría de vida o segunda naturaleza.

Los bomberos y los militares, gracias a numerosas horas de capacitación dirigida, no aplican una receta en el momento de resolver una crisis. Han desarrollado un olfato y una resiliencia capaces de superar obstáculos imprevistos. Un minero atrapado, forjado en el trabajo arduo, no sólo no pierde la fe en los momentos extremos, sino que —con la sabiduría que da la vida— es capaz de preguntar, antes que nada, cómo está su familia.

De manera análoga, vale la pena preguntarse cómo preparamos a los estudiantes en las numerosas horas que pasan en aulas y pasillos universitarios, y si todo aquello los está llevando a consolidar verdaderos hábitos y cimientos sólidos. No se trata de que los estudiantes repitan datos, apliquen fórmulas o hagan presentaciones; es generar en ellos el marco mental para abordar problemas complejos, los resortes para reaccionar en momentos difíciles y la capacidad de amar que los lleve a ser generosos cuando tengan que tomar las decisiones que importan.