La dictadura de la sensibilidad

La filosofía clásica consideró a la emoción como “algo que se padece”.

La inteligencia emocional no es lo opuesto a la inteligencia. No es el triunfo del corazón sobre la cabeza, es la intersección de ambas.

D. Caruso

Pocas décadas atrás, vivimos una cultura que privilegiaba la represión de los sentimientos. En casi todos los ambientes —el universitario o el laboral, por ejemplo— era mal visto manifestarse vulnerable o inseguro. Casas y escuelas defendían la imposición de la voluntad sobre emociones que parecían ser, prioritariamente, desestabilizadores. En nuestros días, a pesar de que no nos hemos desprendido del todo de ese peligro voluntarista, presenciamos simultáneamente la respuesta pendular, potenciada por el mundo digital, y que podríamos llamar la dictadura de la sensibilidad.

Los humanos tenemos la capacidad de experimentar la realidad que nos rodea. Con mayor o menor intensidad, nuestros sentidos captan colores, imágenes, sabores, texturas o aromas, que pueden convertirse en emociones de gusto, disgusto, temor, enfado, esperanza, etcétera. Las sensaciones registradas, por si fuera poco, sedimentan en nuestra memoria y provocan a la imaginación, para bien y para mal.

En otras palabras, recibimos la inmutación sensible, procesamos de acuerdo con nuestros filtros psicológicos y, desde ahí, componemos nuevas realidades mentales. Entra en juego algo eminentemente humano, que va desde reprimir o expulsar esa emoción hasta otorgarle un lugar protagónico en nuestro modo de vivir, pasando por numerosos puntos intermedios en los cuales tenemos la posibilidad de atemperar o potenciar lo percibido para enriquecer nuestro proyecto de vida.

La emoción es, hasta cierto punto, inesperada y espontánea. Por ello la filosofía clásica la consideró “algo que se padece”. Una vez introyectada, puede crecer hasta cristalizar en sentimiento. Pensar que podemos reprimir fácilmente la emoción inicial podría parecer ingenuo; asumir que es imposible corregirla, sería ignorar nuestras capacidades humanas.

A diferencia de las corrientes voluntaristas, hoy poco prestigiadas, actualmente encontramos otras que quisieran maximizar nuestra capacidad de experimentar sensaciones sin filtros. Precisamente en esta segunda vertiente es donde corremos el peligro de la dictadura de la sensibilidad. Pensar que es imposible corregir emociones iniciales; que lo mejor que nos puede pasar es dejar fluir cualquier sensación; atarnos a únicamente “padecer” los instintos sensibles sin permitirle a nuestra libertad decidir cuándo es conveniente esa sensación en función de nuestros ideales o nuestro proyecto de vida.

Los seres humanos somos capaces de corregir o matizar emociones iniciales. También podemos sustituir por emociones más liberadoras, bellas o prometedoras, alineadas con nuestra identidad y convicciones profundas. Precisamente, una persona sin ideales es aquella que sólo es capaz de sensaciones; una persona con ideales, es capaz de ambas cosas. Por ello, no se trata de no sentir sino de percibir, experimentar y conducir convenientemente las sensaciones en la línea de nuestro bienestar. Dice Goleman: “Cuando digo controlar las emociones, quiero decir las emociones realmente estresantes e incapacitantes. Sentir emociones es lo que hace a nuestra vida rica”.

En tiempos de transformación digital, en los cuales un porcentaje alto de las emociones que nos inmutan son generadas por imágenes digitales, la dictadura de la sensibilidad tiene un peligro especial: puede condicionarnos de tal modo que nuestro margen humano de maniobra sea cada vez más limitado y más pobre. Dejar entrar cualquier sensación gracias a la libertad puede, paradójicamente, esclavizarme a puras sensaciones y reducir gradualmente el margen de maniobra de mi voluntad; es, de hecho, la causa detrás de muchas ansiedades juveniles. Sucede, por ejemplo, con la pornografía, cuyos efectos negativos en la persona son cada vez más evidenciados.

Por el contrario, cuando somos capaces de manejar las emociones de modo inteligente, puedo lograr que una persona que no me resulta agradable termine siéndolo; que un compromiso de fidelidad asumido sea más fácil de vivir; que una moda pasajera no me arrastre; que la negatividad del ambiente no me afecte; más un largo etcétera que en el fondo me permitirán vivir de manera más equilibrada, plena y, en el fondo, humana.

La educación tiene el enorme reto de ayudar a muchas personas a encontrar respuestas a estos interrogantes y retos. Precisamente ahí está su magia para este tema en particular: apreciar las emociones y disfrutar las sensaciones; potenciarlas cuando conviene y matizarlas cuando no; articularlas con nuestros valores profundos; capitalizarlas para ser mejores personas en sentido holístico. No es fácil, pero es posible y vale la pena. La educación no sólo es ciencia, sino también arte.

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