Educar es de valientes

La educación es el punto en el que decidimos  si amamos el mundo lo suficiente como para asumir responsabilidad por él.

Hannah Arendt

El 24 de marzo, en la madrugada, un alumno de 15 años publica varias historias en redes sociales (Instagram), en las que aparece vestido de negro y muestra un rifle AR-15. Escribe: “Hoy es el día”. En otro de los reels se leía el mensaje: “He decidido enviar a las feministas, que siempre han arruinado mi vida, de vuelta con su Creador (...) Odio a las feministas” (Infobae). Más tarde, entre las 7:30 y las 9:30 a.m., este personaje llega al plantel de la preparatoria con un arma oculta (probablemente en la funda de su guitarra), en la zona de recepción y acceso principal se encuentra con dos maestras que estaban haciendo controles regulares de entrada en el plantel. Ahí, les dispara a ambas. Permanece en el lugar y es sometido, pareciera que por personas de seguridad o por otros estudiantes, hasta que llegan las autoridades. Esta escena escalofriante y aterradora sucede en México, en el estado de Michoacán. Una pesadilla de la que deberíamos estar conversando a nivel nacional y en la que deberían involucrarse expertos en seguridad para diseñar protocolos para que nunca más vuelva a suceder; sin embargo, ahora sólo persiste el silencio. Y esto es grave, porque ser educador se ha convertido en una profesión vulnerada: se puede ser insultado, expuesto y vulnerado, y es incluso un riesgo para la vida. Los maestros que, a falta de una ley real en México de una disciplina fuerte por los padres, se han convertido en los únicos que permanecen como autoridad en nuestro país, se encuentran a merced de la inseguridad y sus crímenes en el olvido. La noticia anterior, también, se pierde entre el escándalo del estallido en Dos Bocas, unos días antes (17 de marzo), porque éste último remite a falta de seguridad, exceso de presupuesto en construcción, temas de fracaso de megaproyectos y el 27 de marzo se da a conocer un derrame de hidrocarburo que se ha extendido a lo largo de 600 kilómetros, que exhibe un megadesastre ambiental con consecuencias que aún no se alcanzan a comprender. Así, como suele suceder, en México, este acto extremo de violencia escolar podría quedar subordinado al flujo continuo de crisis.

Pero el tema no es menor, porque el único cauce posible para un mundo mejor es la educación. Y no cualquier “educación”, ya que la educación en propaganda y sin libertades es una militancia. De esta manera, cada vez más quien enseña se expone, el maestro es aquel valiente que puede ponerse frente a un grupo de alumnos a sabiendas de que no cuenta con el respaldo estructural en México porque la Secretaría de Educación Pública (SEP) lo mandará castigar si es que señala la conducta del violentador en clase y, antes que la SEP, está en la mira de muchos padres que no han sabido educar a sus hijos y está haciendo la labor de disciplina que ellos no pudieron inculcar. Así, en México, un docente se expone a la dificultad de sembrar curiosidad en los alumnos, a la resistencia de la psiquis a aprender cosas nuevas que requieren esfuerzos cuando tienen la idea de que todo lo pueden encontrar en el mundo digital, a la altanería de algunos alumnos que se saben protegidos por un sistema educativo. Y, sin embargo, el maestro lo sigue haciendo porque ésa es su vocación, como diría Arendt: “El educador está en relación con el mundo y debe asumir responsabilidad por él”.

El tema nadie quiere abordarlo porque es un problema muy complejo y profundo de orden sistémico que incluye agresor adolescente, salud mental, temas sociales de misoginia y grupos incel, portación armas ilegales, redes sociales y otros más. Al no encontrar un culpable único, al no poder simplificarse en un titular, no logra generar atención suficiente para convertirse en un tema absolutamente necesario de conversación nacional.

El caso de las maestras no desaparece porque sea menor, sino porque entra en una secuencia donde cada 48 horas aparece algo estructuralmente más “absorbente”. Así, el crimen de las maestras y su manejo nacional revelan, como se mencionó anteriormente, un gravísimo problema de salud mental, de lo grave de las redes sociales, pero también de cómo, en la vida nacional, antes un escándalo grande duraba durante semanas, pero ante la cantidad masiva de crisis y eventos, éstos se minimizan convirtiéndose en frentes medianos que se diluyen en nada con el paso de los días.

Sin embargo, es necesario atender a lo que están enfrentando los docentes y a las dificultades y riesgos que encuentran para su labor. Si las escuelas se están erosionando como institución, ¿qué queda para formar un país? ¿Quiénes querrán ser maestros? Las escuelas son forjadoras del espíritu que tendrá una nación. ¿Qué podemos pensar de la nación que tendremos cuando los niños y maestros se encuentran en las aulas con indisciplina, permisivismo y la violencia de la ley del más fuerte?

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