¿Plan B electoral o D?

En realidad es un plan D, porque es la continuidad de las pretensiones del expresidente López Obrador

La línea de la soberbia al autoritarismo es muy delgada. Con 259 votos a favor y 234 en contra, la iniciativa electoral de Claudia Sheinbaum fue desechada por los diputados. Con estos resultados, a pesar de la popularidad de la Presidenta, quedó demostrada su debilidad política ¿Por qué presentó una iniciativa electoral que hasta los partidos aliados del PT y PVEM rechazaron?

El revés presidencial es sintomático. Es resultado de utilizar el método de la amenaza antes que el de la construcción de acuerdos. Desde 1977 hasta el 2014, todas las reformas político-electorales se aprobaron con acuerdos de todas las fuerzas políticas, incluso, durante el periodo en el que el PRI tenía una mayoría hegemónica (hasta 1997). Hoy, por primera vez en la historia política contemporánea, se redactó una iniciativa desde una comisión presidencial que no incluyó la opinión de los actores primordiales: los partidos políticos. Y ahí estuvo el error presidencial, porque, si bien es cierto, la democracia significa que el origen del poder político emana de la voluntad del pueblo, también es cierto que la elección de los representantes del poder Ejecutivo y Legislativo se realiza mediante la competencia electoral entre candidatos que emanan de los partidos políticos.

Ante la opinión pública, la iniciativa que presentó la Presidenta era popular porque prometía que iba a generar un ahorro al erario mediante la disminución de los recursos a los partidos políticos, tal vez ella confiaba en que los partidos políticos iban a aceptarlo para no enfrentarse al escarnio público, toda vez que los ciudadanos tienen poca confianza en éstos, pero no fue así; por la simple razón de que las propuestas, y en especial la de la disminución de recursos, afectan de forma diferenciada a los partidos. Para Morena, que tiene la mayoría de las representaciones políticas del ámbito federal y local, significaba amarrarse un poco el cinturón, pero mantener la hegemonía política para la mayoría de los partidos minoritarios, tanto de la oposición como de los aliados, significaba una debacle y su posible desaparición, de ahí que, tanto los líderes del PAN, como del PRI, agradecieron a los del PT y del Verde que hubieran votado en contra de la iniciativa presidencial.

Por otra parte, la reforma constitucional no sólo pretendía disminuir los recursos de los partidos políticos, sino también el gasto de los árbitros electorales. Tanto por la vía de la diminución de presupuesto, como por medio de la desaparición de los órganos electorales locales. Y, finalmente, otra vía de ahorro era la disminución de 32 de los 128 senadores. La Presidenta nunca aclaró, en la exposición de motivos de la iniciativa, a cuánto ascendía el ahorro de estas tres acciones. No obstante, Leonardo Valdés, expresidente del IFE, al hacer las cuentas del supuesto ahorro, se encontró que éste sólo asciende a 2.48% del déficit fiscal del sexenio (Foro de análisis de la reforma electoral organizado por  el IIJ-UNAM 12 de marzo de 2026).

El debate sobre el costo de la democracia mexicana no es nuevo, quien lo puso de moda fue el expresidente López Obrador, sin embargo, nunca se ha informado a los ciudadanos respecto a qué se compara ese costo, por lo que el discurso sólo fomenta el descrédito del modelo electoral y fortalece el rencor social en contra de los partidos políticos (a veces bien merecido), aunque, paradójicamente, quienes encabezan esa retórica son los propios gobernantes que gozan de legitimidad política a partir de la competencia electoral y el aval de los árbitros electorales.

Frente al fracaso de la reforma constitucional, la Presidenta ya dibujó un plan B que en realidad es un plan D, porque es la continuidad de las pretensiones del expresidente López Obrador, de imponer su voluntad a como dé lugar. Lamentablemente, a diferencia de lo que sucedió con el plan B del expresidente, que fue frenado por la antigua Suprema Corte de Justicia de la Nación, hoy queda claro que atrás del amago y confianza de la presidenta Sheinbaum se encuentra el apoyo de los actuales ministros, quienes en su mayoría son militantes o simpatizantes de Morena y la Cuarta Transformación.

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