Gobiernos malos, pero populares
Que un gobernante hombre o mujer sea muy popular no quiere decir que su gobierno sea bueno; puede haber gobernantes buenos y populares, buenos y no populares, y malos y populares. Al respecto, antes que nada, preguntémonos ¿qué significa un buen gobierno? Si la respuesta ...
Que un gobernante (hombre o mujer) sea muy popular no quiere decir que su gobierno sea bueno; puede haber gobernantes buenos y populares, buenos y no populares, y malos y populares. Al respecto, antes que nada, preguntémonos ¿qué significa un buen gobierno? Si la respuesta parte de la teoría sobre los principios de la democracia, el Estado de derecho y la división y equilibrio de Poder que deberían prevalecer en los actuales estados constitucionales, entonces un buen gobierno se relaciona con la legitimidad política, el derecho pleno de la libertad de asociación y participación social, acceso a la justicia por medio de un sistema judicial independiente, rendición de cuentas de los gobernantes, garantía de la libertad de información y expresión, gestión de sector público eficiente y eficaz, y cooperación con la sociedad civil (PNUD). Desde esta perspectiva teórica, se entiende que un gobernante que no procura garantizar esos principios no es bueno, luego entonces, lógicamente, un gobierno que no es bueno, no debería ser popular.
Pero, no es así, la coyuntura política mundial nos demuestra que, a pesar de que en varios países los ciudadanos tienen gobiernos malos, quienes los encabezan son muy populares (eso dicen las encuestas o la reelección de su cargo). La mayoría de estos gobernantes se distinguen por llegar mediante los procesos democráticos, pero son autoritarios o, incluso, verdaderos tiranos, no permiten el pluralismo político, no rinden cuentas, militarizan diversas ramas de la administración pública, no garantizan la libertad de expresión ni la de información, destruyen la división de Poder, someten al Poder Judicial, cambian la Constitución a su antojo y colonizan o acaban con la autonomía de los órganos electorales. Entonces ¿por qué un gobierno malo es popular? Porque la evaluación no siempre se deriva de comparar si se cumplen o no los valores y principios teóricos arriba mencionados, sino de la opinión de la mayoría de las personas que, a su vez, se produce con base en el contexto inmediato de su propia existencia, objetiva o subjetivamente (por ejemplo, relacionado con la demagogia del populista).
Con base en lo dicho, podríamos calificar como malos algunos gobiernos, por poner un ejemplo, el del presidente del Salvador, Nayib Bukele, pero la mayoría de personas de su país opinan lo contrario, porque ellos prefieren esa forma de gobernar a seguir enfrentando el estado de inseguridad y violencia al que estaban sometidos. Quizás, el modelo se agote a corto plazo, pero, mientras, para los ciudadanos, él representa lo que sería un buen gobierno, porque frente a los problemas de pobreza, de inseguridad, de temor por la violencia, de falta de oportunidades de trabajo, etcétera, no importa la sustentabilidad de las políticas públicas a largo plazo, sino la popularidad política para los objetivos inmediatos, aunque eso signifique enterrar los principios que originaron los actuales modelos de Estados con democracia liberal. México no es la excepción, por el contrario, en el sexenio anterior, a pesar de hacer un mal gobierno, López Obrador gozó de gran popularidad. Eso continúa con el actual gobierno, encabezado por Claudia Sheinbaum, quien es más popular que su antecesor y, aunque es temprano para decir que su gobierno es malo, hay continuidad en la política de transferencias directas, que se ha convertido en el principal medio de popularidad presidencial, y por el cual Morena gana la mayoría de las elecciones. Bajo el pretexto de que se combate la pobreza, han crecido los padrones de beneficiaros, pero ¿qué tan sustentables a largo plazo pueden ser ese tipo de acciones clientelares, si para sostenerlas se endeuda al país, se disminuye el gasto en salud, educación e infraestructura?
No obstante, lo más grave que estamos viviendo desde que inició la LXVI Legislatura del Congreso del Unión, con hegemonía de Morena y sus aliados, son los cambios constitucionales que abonan el camino para transitar hacia un régimen autoritario, aunque, seguramente, el 2 de octubre van a conmemorar los hechos de 1968 señalando como responsables a los autoritarios del pasado.
