México, bajo sospecha

Ricardo Peraza
Editorial
Hubo un tiempo en que EU hablaba de México como un socio estratégico. La palabra favorita era integración. Las fábricas cruzaban fronteras, los tratados prometían prosperidad compartida y la globalización parecía una autopista sin retorno. México producía. EU consumía. Y el mundo, al menos en teoría, avanzaba hacia algo parecido a la estabilidad. Ese mundo ya no existe.
El lenguaje cambió. Washington ya no habla de comercio. Habla de fentanilo, crimen organizado, migración, cadenas críticas, seguridad nacional y China. El tono también cambió. La desconfianza reemplazó al entusiasmo. Y México comenzó a dejar de ser visto como aliado para convertirse también en una fuente de riesgo. La señal más clara está en el propio T-MEC. El tratado que nació como una herramienta comercial empieza a parecerse cada vez más a un acuerdo de seguridad regional. Las discusiones ya no giran sólo alrededor de reglas de origen o aranceles, sino a trazabilidad de productos, control fronterizo, vigilancia aduanera, seguridad energética, subsidios industriales, presión migratoria y revisión de inversiones vinculadas a China.
La presión política en EU aceleró todavía más esa transformación. El presidente Trump entendió algo: una economía ansiosa, México podía convertirse en un enemigo políticamente rentable. El discurso funcionó porque mezcló varios miedos: empleos perdidos, drogas, violencia, migración y dependencia industrial. Pero el fenómeno ya rebasó a Trump. Hoy, dentro de EU, empieza a consolidarse una idea mucho más profunda y peligrosa: el crimen organizado mexicano dejó de ser sólo un problema de seguridad pública y comenzó a ser visto como un riesgo estructural para la estabilidad regional.
Los casos de CIBanco, Intercam Banco y Vector Casa de Bolsa encendieron alertas en los mercados y mostraron hasta qué punto EU estaba dispuesto a utilizar herramientas financieras, regulatorias y diplomáticas para intervenir indirectamente en temas de seguridad. La relación bilateral ya no tendría compartimentos separados. Finanzas, comercio, seguridad y política empezarían a mezclarse.
Ahora la presión parece moverse hacia otro nivel: la clase política. Las recientes declaraciones y reportes alrededor de presuntos vínculos entre estructuras criminales y actores políticos mexicanos reflejan un cambio de tono cada vez más evidente en EU. El señalamiento sobre Rubén Rocha Moya y las referencias cada vez más frecuentes al concepto de narcopolítica muestran que la narrativa dejó de enfocarse sólo en los cárteles para observar también las condiciones institucionales que, desde la óptica de EU, les permiten operar.
Y cuando Washington empieza a hablar de narcopolítica, el impacto deja de ser solamente político. Se vuelve económico.
Recordemos que más de 80% de las exportaciones mexicanas tienen como destino EU. Gran parte de la industria nacional gira alrededor de cadenas de suministro de EU. México importa gas natural estadunidense para sostener buena parte de su sistema eléctrico. Millones de empleos dependen de esa relación. Pero mientras la integración económica aumenta, también crece la sospecha política. Es una paradoja incómoda: nunca habíamos estado tan unidos a EU y, quizá, nunca habíamos sido observados con tanta desconfianza.
China complica todavía más el escenario. Detrás de muchas tensiones aparece el mismo temor estadunidense: perder control sobre industrias estratégicas, cadenas críticas y puntos sensibles de la región. Autos eléctricos, acero, tecnología y semiconductores forman parte de una nueva disputa global donde México quedó atrapado en medio. EU teme que México se convierta en una plataforma industrial indispensable y en un espacio vulnerable a intereses rivales, corrupción sistémica o infiltración criminal. Esa combinación genera ansiedad política y ésta siempre termina en presión económica.
El nearshoring prometía transformar al país en una potencia manufacturera. Y durante un momento pareció posible. Las empresas buscaban salir de Asia. México ofrecía cercanía geográfica, mano de obra competitiva y acceso preferencial al mercado más grande del mundo, pero el entusiasmo empezó a chocar con la realidad: infraestructura energética insuficiente, escasez de agua en regiones industriales, incertidumbre regulatoria, saturación logística y, ahora, el deterioro gradual de la percepción de confianza frente a EU. Porque el verdadero riesgo quizá no sea una ruptura espectacular del T-MEC, sino auditorías más agresivas: revisiones interminables, controles financieros más estrictos, presión diplomática constante y empresas internacionales posponiendo decisiones mientras intentan entender hacia dónde se mueve la relación bilateral.
La nueva economía global ya no premia sólo al país más barato, premia al más confiable. Durante décadas, México apostó a que la cercanía con EU bastaba para garantizar estabilidad, pero el mundo cambió. Los tratados comerciales ahora funcionan también como instrumentos de seguridad. Las cadenas de suministro son asuntos geopolíticos. Y la sospecha pesa tanto como los aranceles. La globalización no desapareció. Se volvió desconfiada. Y México empieza a descubrir que estar tan cerca de EU puede ser una enorme ventaja económica, pero también una fuente permanente de presión, vigilancia y sospecha.