La IA cobra antes de ahorrar

Ricardo Peraza

Ricardo Peraza

Editorial

La inteligencia artificial llega a la empresa con una promesa de ahorro y una factura inmediata. Esa diferencia empieza a incomodar a los directores generales. Compraron herramientas para trabajar más rápido, contrataron asesores y anunciaron que el negocio entraba en una nueva etapa. Meses después, los gastos subieron y las utilidades siguen esperando. El consejo pregunta qué pasó. La respuesta exige entender cuánto cuesta cambiar la manera de trabajar y cuánto tarda ese cambio en producir dinero.

En México ya hay señales de esa tensión. KPMG reportó en julio de 2026 que la mitad de las organizaciones encuestadas en el país había ajustado sus proyectos de IA cuando los costos comenzaron a superar el valor esperado. Al mismo tiempo, 78% percibía beneficios en productividad, ahorro o toma de decisiones. No hay contradicción. Una herramienta puede mejorar una tarea sin que esa mejora alcance todavía para pagar toda la inversión.

Parte del problema empieza antes de comprar. El director escucha que su competidor ya usa IA y siente que debe hacer lo mismo. A eso se le llama FOMO, el miedo a quedarse atrás. Es una preocupación legítima, pero puede desplazar preguntas elementales. ¿Qué queremos mejorar? ¿Cuánto nos cuesta hacerlo hoy? ¿Cómo sabremos si funcionó? Cuando esas respuestas llegan después de firmar el contrato, el proveedor ya tiene un negocio. El cliente todavía tiene una expectativa.

Pensemos en una distribuidora mexicana que vende materiales de construcción. Quiere usar IA para identificar facturas pendientes y ayudar a cobrar. Parece sencillo, hasta que descubre que ventas registra los pedidos en una hoja de cálculo, almacén confirma entregas por WhatsApp y contabilidad guarda los pagos en otro sistema. Antes de automatizar la cobranza, necesita lograr que todos hablen de la misma operación y utilicen información correcta.

Durante los primeros meses, la empresa paga la herramienta nueva y conserva el sistema anterior. Sus empleados siguen haciendo el trabajo habitual mientras aprenden, ordenan archivos y verifican resultados. Algunas tareas se hacen dos veces para comprobar que el cambio funciona. Aparecen gastos de capacitación, ajustes técnicos y supervisión que nadie destacó en la demostración comercial. La IA prometía quitar trabajo. Por ahora, también lo está dando.

Ese costo inicial puede ser razonable. Los economistas Erik Brynjolfsson, Daniel Rock y Chad Syverson lo estudiaron mediante la curva J de productividad. La idea es sencilla. Una tecnología nueva exige tiempo e inversión para aprender a aprovecharla. Durante esa preparación, la productividad medida puede caer; después puede aumentar cuando cambian los procesos y se aprovecha lo aprendido. La empresa está pagando hoy una capacidad que espera utilizar durante años. Comprar el programa apenas inicia ese recorrido.

Volvamos a la distribuidora. Cuando la información esté ordenada, podrá detectar facturas vencidas sin buscarlas una por una y evitar reclamaciones por pagos ya recibidos. Si eso reduce horas extra, elimina servicios duplicados o permite atender más clientes con el mismo equipo, habrá beneficios económicos. Cobrar antes también significa que hay dinero disponible para pagar nómina y proveedores. Ahí empieza a justificarse la inversión, porque la mejora llega a las cuentas del negocio. El ahorro no exige necesariamente despedir personal. Pero, si la empresa conserva indefinidamente los dos sistemas y exige revisar manualmente cada dato, puede mantener el sobrecosto para siempre. Por eso hay que definir qué duplicidades son temporales, cuándo podrán retirarse y qué controles seguirán siendo necesarios. La paciencia tiene sentido cuando hay avances. Usarla para encubrir una mala implementación sólo encarece el error.

La comparación con ESG resulta incómoda. Esas siglas reúnen criterios ambientales, sociales y de gobierno corporativo. En la práctica pueden significar gastar menos agua, mejorar condiciones laborales o establecer controles contra abusos dentro de la empresa. También requieren invertir antes de ver resultados. Instalar un sistema de reúso de agua cuesta desde el primer día; recuperar ese gasto mediante menores consumos puede tomar años. El primer trimestre ofrece una fotografía bastante incompleta.

A esa espera se añadió la presión política. En octubre de 2025 cerró la alianza bancaria Net-Zero Banking Alliance, creada para coordinar compromisos de reducción de emisiones, después de numerosas salidas de bancos en medio de presiones de EU. Eso no significa que sus integrantes abandonaran toda inversión sostenible. Sí muestra lo vulnerables que pueden ser los compromisos de largo plazo cuando cambia el ambiente político. Para proyectos que apenas maduraban, ese repliegue puede convertirse en una salida prematura.

México debería evitar copiar ese cambio de ánimo. A una fábrica en Nuevo León le seguirá importando tener agua aunque en EU pierda popularidad hablar de sostenibilidad. A un proveedor del Bajío le seguirán importando los requisitos de su cliente extranjero. Hubo programas ESG superficiales y habrá proyectos de IA inútiles. Cada uno merece evaluarse por sus resultados y riesgos. Abandonar todo por decepción resulta tan poco serio como adoptarlo todo por entusiasmo.

La responsabilidad del director es distinguir entre lo que necesita tiempo y lo que necesita cancelarse. Para eso debe conocer la operación, medir avances y explicar los costos desde el principio. Comprar por miedo y abandonar por impaciencia puede dejar a la empresa con la factura completa y la transformación a medias.