Bloqueos en Cuba, Ormuz y Rafah

Ricardo Peralta Saucedo

Ricardo Peralta Saucedo

México correcto, no corrupto

El denominado bloqueo económico contra Cuba —formalmente un embargo— se origina en 1960 y se consolida en 1962, cuando el gobierno de John F. Kennedy decreta la prohibición casi total del comercio con la isla tras el triunfo de la Revolución encabezada por Fidel Castro. Legislaciones posteriores como la Ley Torricelli y la Helms-Burton ampliaron su alcance con efectos extraterritoriales, sancionando a terceros países y empresas. Este cerco ha condicionado el desarrollo económico del pueblo cubano; sin embargo, con el respaldo de países como México, Venezuela, China, Rusia y algunas naciones del Caribe, la isla ha sostenido indicadores sociales relevantes: baja mortalidad infantil, alfabetización prácticamente universal y políticas ambientales estables. Cuba cuenta con cerca de 11 millones de habitantes que han debido adaptarse a un entorno económico restringido.

La comparación con otros escenarios evidencia una paradoja global: bloquear el estrecho de Ormuz durante una semana provocaría una crisis internacional inmediata, pero restricciones prolongadas como las del cruce de Rafah hacia Gaza no generan la misma reacción. Esta asimetría confirma que la respuesta internacional suele obedecer a intereses geopolíticos, no a principios universales; y en el contexto actual de tensiones en torno a Irán, impone una exigencia adicional: que cualquier atención y capacidad de acción internacional derivada del conflicto armado en curso sirva también para colocar en el centro la crisis humanitaria en Palestina y propiciar, de manera paralela, soluciones efectivas que permitan el acceso a ayuda, alimentos y condiciones mínimas de dignidad para la población de Gaza.

Desde una perspectiva técnica, el bloqueo impacta la cadena de suministros. La imposibilidad de acceder libremente a mercados limita la adquisición de combustibles, materias primas, tecnología y financiamiento. Las restricciones financieras —particularmente el veto al sistema bancario estadunidense— encarecen operaciones y obligan a triangulaciones comerciales. A ello se suma la presión para sancionar a países que suministren petróleo a la isla, generando crisis energéticas que afectan la producción de alimentos, el transporte y la vida cotidiana. El resultado es escasez estructural y limitaciones en la modernización industrial.

El propósito político ha sido explícito: generar condiciones económicas adversas que incentiven un cambio de régimen. En términos de derecho internacional, se trata de una medida coercitiva unilateral cuestionada en la ONU. Estados Unidos ha aplicado sanciones similares a países como Irán, Venezuela o Rusia, pero el caso cubano destaca por su duración y amplitud. A diferencia de otras sanciones más focalizadas, aquí se afecta integralmente la economía y se penaliza a terceros actores.

Las definiciones sobre el modelo político de Cuba corresponden exclusivamente a su pueblo. El principio de no intervención obliga a respetar la soberanía de los Estados. Condicionar el rumbo de una nación mediante presión económica contradice los fundamentos del derecho internacional.

Pese a ello, el pueblo cubano ha demostrado una notable resistencia. Su cohesión social y sentido de dignidad frente a un adversario de enorme poder constituyen un ejemplo de patriotismo.

En ello resuena el pensamiento de Simón Bolívar, quien apelaba a la unidad de los pueblos, así como el de José María Morelos y Benito Juárez, defensores de la soberanía y el respeto entre naciones.

Cuba, más allá de posiciones ideológicas, representa un caso paradigmático de resistencia frente a la presión externa. La lección es clara: ni los bloqueos ni las guerras deben ser instrumentos de imposición política. En México, como en toda América Latina, el amor a la patria exige una defensa firme de la autodeterminación, el rechazo categórico a cualquier forma de injerencia extranjera y la convicción de que ningún interés externo puede imponerse sobre la dignidad nacional. Defender la soberanía es, en última instancia, defender la paz, la historia y el futuro de nuestros pueblos.

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