Washington ante México

Lo que la relación entre México y Washington promete en los próximos tiempos es zozobra, constantes gestos de tensión e inacabables presiones.

Dicen que una imagen expresa más que mil palabras. El caudal de funcionarios estadunidenses que han atravesado el portal de Palacio Nacional para reunirse con la presidenta Sheinbaum en su casi un primer año de gestión es histórico por su cantidad e importancia. El más reciente visitante a Palacio Nacional, Marco Rubio, secretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional del presidente Trump, ha sido el más importante y de mayor nivel. Ciertamente, ha faltado el encuentro entre los presidentes, pero han hablado alrededor de siete veces por teléfono.

No sólo ha sorprendido la cantidad de visitantes estadunidenses a México, sino también la cantidad de visitas de funcionarios mexicanos a Washington y Nueva York, notoriamente las reiteradas visitas de Marcelo Ebrard y de Omar García Harfuch, junto con los secretarios de Defensa y Marina, y el fiscal general de la República. Debido a esta intensa historia de contactos y pactos, fomentando una relación oculta con Washington, la Presidenta ha intentado despistar a sus aliados políticos de Morena, acusando a la oposición de promover la intervención de Washington en México, encubriendo sus propias acciones. Es la Presidenta quien más ha abierto la puerta al intervencionismo estadunidense en México, no la oposición. Pero, a todo esto, ¿qué piensa Washington de México?

Los acontecimientos de los últimos años muestran que existen en Washington, grosso modo, dos grandes opiniones en choque sobre cómo debería relacionarse con México. Las dos opiniones también existieron con los gobiernos demócratas, por cierto. No son estrategias nuevas, aunque sí son más radicales los posicionamientos dentro del gobierno de Trump. El Washington Post relató la confrontación reciente entre las dos facciones: una quiere atacar a México militarmente en puntos estratégicos, y otra se opone al golpe militar, prefiriendo intervenciones puntuales de tipo político y de presión económica. Todos agregan “con la colaboración del gobierno mexicano”.

Biden fue condescendiente con López Obrador hasta que se cansó de sus mentiras, y aprobó el operativo de sustracción de El Mayo Zambada, seguramente con la anuencia del propio líder del Cártel de Sinaloa. Un operativo militar que, por cierto, contó con el apoyo de algunas autoridades mexicanas.

Todos coinciden en que México es un riesgo de seguridad nacional de la mayor gravedad, por la penetración de la influencia de los cárteles del narcotráfico en la estructura del gobierno y también por el acercamiento de Morena con los adversarios de EU: China y Rusia. Una eventual alianza operativa entre los cárteles y esos adversarios pondría a EU en serio riesgo. Washington concluye que la Presidenta no cuenta con la fuerza política propia para romper la alianza con los cárteles y no ha mostrado inclinación por dejar de favorecer a los adversarios de EU.

Washington observa con mucho detenimiento la evolución de la situación en Venezuela como si fuera un plan piloto de cómo podría darse algún tipo de intervención en México. Conocen la alianza estrecha entre Maduro y Sheinbaum. El gran tema sobre la mesa es el cambio de régimen, aunque Washington lo niegue.

La preocupación central de Washington gira alrededor del efecto que podría provocar la desestabilización de México, en el caso de un cambio de gobierno. En un análisis de escenarios, parece que prefiere que se sostenga Sheinbaum en la Presidencia, pero arrinconada y eliminando el control que López Obrador ejerce sobre ella y su gobierno, lo que también implica romper con la alianza entre gobierno y cárteles.

Lo que la relación entre México y Washington promete en los próximos tiempos es zozobra y constantes gestos de tensión e inacabables presiones de toda índole, incluyendo incursiones armadas puntuales, aunque sean “secretas”. La renegociación del T-MEC será sólo un elemento más en ese camino tortuoso de reacomodo del gran territorio que es América del Norte. Y así será, con republicanos o demócratas en la Casa Blanca.

Lo que tiene que entender y aceptar México es que su futuro se va a definir, justamente, en ese gran territorio llamado América del Norte.

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