Soberanía nacional o seguridad hemisférica
¿México optará por apoyar a Rusia en su guerra contra Ucrania?
Las elecciones estadunidenses ofrecen una oportunidad y un peligro para México. La oportunidad es que abren el espacio para un deliberado replanteamiento en positivo de la relación política, diplomática y económica con el país vecino. El peligro es que fuerzas internas mexicanas promuevan una radicalización del modelo político a favor de naciones con ascendencia autoritaria, sacrificando una buena relación con el norte y con la democracia.
Es una decisión geopolítica de gran calado que tendrá que tomar el gobierno de México. Las presiones serán fuertes en ambas direcciones. Existe dentro de Morena y sus liderazgos más importantes una atracción incuestionable hacia el modelo político cubano, nicaragüense y venezolano. Ni siquiera les convence el modelo “lulista” de Brasil por considerarlo demasiado tibio. Esa ala del morenismo tiene gran influencia dentro de Palacio Nacional y entre un grupo nutrido de legisladores en el Congreso federal. Además, recibe el beneplácito del expresidente Andrés Manuel López Obrador. Más lejano, el embajador mexicano en Rusia es un ferviente apoyador de Vladimir Putin y su guerra contra Ucrania. Durante el sexenio pasado, la compra de productos chinos creció exponencialmente. Además, México le expresó su apoyo clandestino al exportar acero y aluminio chino a Estados Unidos como si fuera producto mexicano, a través del T-MEC. Obviamente, vino el reclamo de rigor del vecino del norte, pues detectó la deshonestidad mexicana al instante.
En contradicción con esas inclinaciones de los morenistas a apoyar las dictaduras de América Latina y Eurasia, existen voces y sectores que apoyan la consolidación prioritaria de la relación mexicana con el bloque de América del Norte. Así se escuchó, por ejemplo, en la reciente cumbre Diálogo CEO de México y Estados Unidos en Palacio Nacional con la Presidenta. Ahí, la voz cantante la llevó el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, quien destacó el deseo del nuevo gobierno mexicano por ampliar la relación comercial y económica con los socios de América del Norte.
La Presidenta dijo, muy al estilo de las presidencias imperiales mexicanas, que “ella garantizaba la seguridad de los negocios y las inversiones de quienes se encontraban en ese salón”. Al escuchar esa promesa presidencial, muchos de los asistentes se planteaban la duda que flotaba como elefante en el cuarto: ¿esa promesa presidencial era necesaria ante la desintegración del Poder Judicial mexicano? Todos hubieran preferido una institucionalidad jurídica sólida y confiable en vez de las promesas del líder coyuntural.
Las inquietudes crecieron cuando, tres días después, la propia Presidenta ordenó a su gobierno desacatar resoluciones jurídicas del Poder Judicial que no eran de su agrado. A partir de ese momento y con esa acción, la Presidenta mostró su verdadero rostro de ser una gobernante imperial e inconfiable, y que no gobernará conforme a los ordenamientos constitucionales e institucionales de México, sino en función de sus improntas ideológicas y políticas.
Bajo esas condiciones, ¿quién podrá impedir expropiaciones de propiedades, fábricas o negocios cuando las corrientes políticas internas de Morena se radicalicen? ¿México optará por apoyar a Rusia en su guerra contra Ucrania? ¿Preferirá su comercio con China, incluyendo la importación de fentanilo? ¿Exportará vehículos chinos a Estados Unidos? Todas estas dudas quedan flotando en el aire después de las conductas imperiales de la Presidencia de México.
Todos estos temas están en el tintero de la coyuntura electoral de Estados Unidos. Una primera conclusión a la que se puede arribar es que, de ganar Trump, revolucionará la relación económica con presiones y nuevas exigencias hacia México. Y si gana Kamala, ella presionará a México por el tema de la inseguridad y el narcotráfico. Kamala ha hablado expresamente de derrotar a los cárteles de Sinaloa y de Jalisco.
Ninguno de los dos candidatos estadunidenses aceptará una mayor cercanía con Cuba, Nicaragua, Venezuela, China ni Rusia. Para ellos no será una discusión sobre “soberanía nacional”, sino sobre la seguridad hemisférica. Y México tendrá que tomar partido por cualquiera de los dos conceptos. Ahí estará el punto de inflexión en la relación bilateral.
