Reforma para que AMLO haga campaña

Es, más bien, un intento por desmembrar el INE.

El próximo martes 13 de diciembre empezará la deliberación en comisiones del Senado de la República al ya cuestionado “plan B" de reforma a la estructura, responsabilidades y facultades del INE. No es una reforma electoral, propiamente. Es, más bien, un intento por desmembrar el órgano, hasta ahora autónomo, encargado de dirigir y conducir los procesos electorales del país. La idea del Presidente es debilitar al máximo ese organismo para que no pueda vigilar adecuadamente el proceso y, más que nada, para que no pueda imponer su control sobre candidatos y partidos que ignoran y violentan la ley antes, durante y después del proceso electoral.

El eje central de la reforma al INE está contenido en el permiso a funcionarios públicos para participar en el proceso electoral, supuestamente promoviendo sus logros como gobiernos a nivel federal, estatal y municipal. ¿Cuál es el verdadero interés en este punto? Simple. López Obrador quiere autorización para poder hacer campaña día y noche a favor del candidato presidencial de Morena en todo el territorio nacional, de manera legal.

AMLO está convencido de que si no hace campaña, y de forma legal, es muy posible que su candidato no gane las elecciones. Quiere acompañar y dirigir la campaña del morenista personalmente, pero no quiere estar enfrentando juicios legales permanentes cuestionando la legalidad de su conducta y enfrentando el descrédito que eso pudiera acarrear. Sabe que esos actos pudieran poner en riesgo la legitimidad nacional e internacional del resultado electoral con cuestionamientos políticos y legales.

Éste es el verdadero interés del Presidente con su propuesta de reforma. Legalizar su intervención directa, diaria y permanente en la campaña del 2024. Pero también descubre sus miedos. Le está quedando claro de varios hechos que debe tomar en cuenta ante una elección difícil, si es que quiere ganar. En primer lugar, ha visto, como lo hemos visto todos, que su popularidad en las encuestas no lo salva de opiniones negativas mayoritarias en cuanto a los programas y retrocesos de su gobierno. La misma encuesta que le da un voto aprobatorio en lo personal no lo salva de ser reprobado en temas de seguridad, salud, economía, corrupción, mujeres, violencia y educación. Es decir, existe una clara fragilidad en su posicionamiento ante el electorado, y lo sabe. Por eso quiere salir a hacer campaña, incluso con la intención de “cargar” a su candidato presidencial. Parece que se considera a sí mismo inatacable.

En segundo lugar, lo que seguramente también ha comprobado el Presidente, viendo el actuar de las precandidaturas presidenciales de Morena, es que su atractivo y arraigo colectivos en el imaginario social del electorado es extremadamente frágil. Ninguno de los tres fascina. Los miembros de Morena se desviven por uno u otro, pero eso en realidad es poco relevante para efectos del impacto a la hora de encarar al electorado en general. En realidad, interesan poco porque ninguno esboza una propuesta política. Están inmersos en un concurso de popularidad, no un debate político. Y, desde el punto de vista de sus respectivas apariencias físicas, ninguno llama la atención. Incluso, todo lo contrario.

Viendo el costo-beneficio de haber iniciado el proceso sucesorio tan temprano, que quizá le sirvió al Presidente para sus propósitos teatrales, pero para los precandidatos representa un desgaste que los revela como sujetos de pobre pensamiento, carentes de imaginación y atados a la correa del dueño del circo. Es una imagen nada halagadora.

Estas consideraciones, y quizás alguna otra, han llevado al Presidente a proponer las reformas que le permitirán hacer campaña electoral abierta y legalmente apoyando al candidato presidencial de Morena. Está convencido de que él sí puede ganar la elección. Y lo único que le interesa es ganar en el 2024, por las buenas o por las malas. Lo que le ocurra al país durante y después de la elección lo tiene sin cuidado.

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