Presidente chiquito para un país tan grande

AMLO suponía que gobernar era una tarea sencilla, “sin ciencia”.

Cuando contaba con la mayoría calificada en el Senado y la Cámara de Diputados, AMLO propuso medidas legislativas electoreras, pero sin una visión de Estado de largo plazo como nación. A diferencia del caso mexicano, los nuevos presidentes de Brasil, Chile y Colombia hicieron propuestas de fondo en sus primeros meses de gestión.

Los tres presidentes sudamericanos propusieron reformas fiscales de forma y fondo, por ejemplo. Con sus propuestas fiscales buscaron crear las condiciones para equilibrar sus programas sociales y de desarrollo económico con el mantenimiento de los servicios básicos del Estado, como los servicios médicos, protección civil, educación, investigación científica, servicios de emergencia, etcétera. Es decir, la intención detrás de sus reformas era asegurar los fondos suficientes para avanzar en sus programas sin desmantelar la operación de los servicios del Estado.

Adicionalmente, las condiciones particulares de cada una de esas naciones les han exigido a los nuevos presidentes impulsar medidas legislativas en materia de seguridad. En el caso chileno, por el crecimiento de la violencia del narcotráfico. En Brasil, por el intento de golpe de Estado, el presidente Lula impulsa una reforma a las fuerzas de seguridad del país. Y en Colombia, Petro busca un marco legal para la cancelación de cargos penales contra los grupos armados del país, en aras de un esfuerzo por lograr su pacificación.

A diferencia de sus colegas sudamericanos, AMLO inició gobernando con un programa de gobierno cuyo único propósito era lograr su reelección. Quiso replicar lo hecho por los presidentes Hugo Chávez, Daniel Ortega, Evo Morales y Rafael Correa: promovió una reforma constitucional para llevar a cabo una votación revocatoria, que pretendía ser la puerta de entrada para mostrar que “el pueblo” quiere y exige que el gobernante en turno siga en el puesto por tiempo indefinido. Desde el primer día de su gestión el único interés era crear las condiciones políticas y sociales para la reelección. Suponía que gobernar era una tarea sencilla, “sin ciencia”, como solía decir, y que su enfoque se centraba en sus pretensiones políticas.

La arrolladora victoria electoral del 2018 y su desenfrenado deseo de reelección lo cegaron. Pensó que, como gobierno, no tenía que hacer más que repartir dinero a programas sociales y empezar sus megaobras (trenes, refinería, aeropuerto). Estaba seguro que eso le alcanzaría para tener resultados exitosos en la elección intermedia de 2021. A partir de ese momento, calculaba, se consolidaba su fuerza política para, ahora sí, reformar la Constitución para permitir su reelección.

En la elección de 2021 la oposición sumó 2 millones de votos más que la coalición de Morena. AMLO perdió la mayoría calificada en el Congreso, hecho que eliminó toda posibilidad de aprobar sus reformas constitucionales. Todas sus propuestas “de fondo” fueron derrotadas en el Congreso de la Unión. El voto revocatorio fue un desastre para AMLO y Morena, y no alcanzó, ni remotamente, el umbral de votos que le permitiría legitimar un cambio constitucional para permitir su reelección.

Jamás contempló la posibilidad de retroceder electoralmente. Hoy sigue en la misma lógica, con la misma ceguera, exigiendo una avalancha de votos en 2024 para, ahora sí, hacer las reformas de fondo que no propuso, y no entendió que necesitaba en 2019. Perdió su oportunidad histórica. Hoy fantasea con recibir votos en 2024 que el movimiento ya no tiene ni recibirá.

De haber pensado con visión de Estado habría buscado sus cambios constitucionales de fondo (INE, sector energético, Guardia Nacional, SCJN) en su primer trienio de gobierno, cuando contaba con la mayoría calificada en el Congreso, como lo hicieron sus colegas de Sudamérica.

Por fortuna para México no lo hizo, porque no es un hombre de Estado, sino que es un sujeto cegado por su ambición de poder. Un presidente chiquito para un país tan grande.

Temas:

    X