Militarización progresiva

Algunos comentaristas alegan que en México no hay un fenómeno de militarización porque, según las normas analíticas, un país se militariza a partir de que las instituciones castrenses toman forzosamente el poder.

México vive una militarización progresiva acelerada. Lo más probable es que el presidente López Obrador lo está permitiendo porque siente que sus días como mandatario se acaban, y confía en los uniformados como los únicos capaces de seguir su transformación que, fantasea, está en curso.

Es casi seguro que los militares terminarán por traicionar los objetivos de López Obrador, por la sencilla razón de que no creen en ellos. Los Guacamaya Leaks han servido para descubrir que nuestro glorioso Ejército está dirigido por una casta de hombres (sin mujeres, como en una Iglesia) mediocres, viciosos, intrigantes y corruptos, que no tienen el menor respeto a los derechos humanos, ni de los soldados ni de la población en general. 

Pero la ocupación militar de México ocurre a un paso acelerado. En el resto de América Latina la ocupación militar de los puestos centrales de la administración pública federal o nacional ocurría, normalmente, después de dar el golpe de Estado. En México esa ocupación de la administración pública está ocurriendo antes del golpe de Estado.  

Algunos comentaristas alegan que en México no hay un fenómeno de militarización porque, según las normas analíticas, un país se militariza a partir de que las instituciones castrenses toman forzosamente el poder. Pero México está demostrando que existen caminos sui generis para que las cúpulas del generalato puedan acceder al poder. El fenómeno insólito es observar como el propio Presidente de la República ha decidido establecer una alianza estratégica con el estamento militar para asegurar su control político y no perder el poder en el país.

Leído al revés, el Presidente de la República obviamente ha concluido que el hecho de tener control sobre el Poder Legislativo y gran influencia en el Poder Judicial no le garantiza mantener el control sobre el país. ¿Cuáles son los problemas? Son dos aspectos de la vida nacional que, desde la perspectiva presidencial, son factores que presionan gravemente a su poder político. 

En primer lugar, está el fenómeno del narcotráfico que, como lo reconoció el mismo Presidente, es un problema mucho más grave de lo que él se había imaginado (¡¿?!). Para no cambiar su política de “abrazos, no balazos” (acuérdense que el Presidente nunca se equivoca) se escuda detrás de las faldas del Ejército, para que sea éste el que asuma la responsabilidad de controlar, más no reprimir, al crimen organizado. Ésa es la instrucción que ha impartido, desde Palacio Nacional, al Campo Militar Número 1.

El segundo problema de gobernabilidad es algo más intangible, pero potente. Es la crítica de gran parte de la clase política del país a su modelo cubano-autoritario de gobierno al que aspira abiertamente. Ante la exigencia opositora al debate plural y tolerante para definir el rumbo del país, López Obrador pone sobre la mesa su propuesta de un modelo de partido único y pensamiento monolítico sin tolerar críticas. Esa masa crítica enloquece al Presidente, porque los suyos –los llamados intelectuales y periodistas orgánicos– son débiles y notoriamente inorgánicos a la sociedad. El Presidente desea fervientemente que los militares pongan fin a la oposición por la vía de la intimidación, ¿o será por algún método más drástico? Él ya se siente impotente ante sus críticos, lo cual se hace evidente por los altos decibeles de furia que despotrica en su contra.

México es así: un civil está entregando la plaza a los militares. Ya están colocados en todas las esferas de la administración pública federal, estatal y local, aprendiendo a dirigir el país. Están descubriendo un nuevo placer: el afrodisiaco del poder político. El siguiente paso, para la ambición, el pensamiento y el método militar, es ocupar el poder sin tener el estorbo de la alternancia política y la democracia.

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