Los oficios de la ignominia
Ahora estamos ante otro intento de creación para establecer un nuevo partido de Estado, pero ahora como una lamentable comedia, repleto de fantasías, errores, incompetencia y todas sus corruptelas expuestas.
El viernes pasado, por la tarde, todas las dependencias, órganos desconcentrados, entidades de la administración pública y de las alcaldías de la Ciudad de México recibieron, por oficio, la orden del contralor interno de la ciudad, Juan José Serrano Mendoza, de abstenerse de emplear sus recursos materiales, vehículos, medios de intercomunicación y personal los dos sábados siguientes, 30 de julio y 6 de agosto. ¿La razón?
“Con motivo del proceso para la elección de integrantes del Congreso Estatal, Congreso Distrital y Consejo Estatal en la Ciudad de México del Congreso Nacional Ordinario del Partido Morena...”, reza el oficio. Es decir, para que un partido político nacional pudiera realizar su elección interna en la Ciudad de México, el Gobierno de la Ciudad de México ordenó a toda la administración pública local, gran parte de la cual no pertenece a Morena, a trastocar sus planes normales y parar sus actividades para que un partido, que no es necesariamente suyo, pudiera dirimir sus conflictos internos.
Incluso, en el caso de la mayoría de las alcaldías que no navegan bajo la bandera morenista, los Órganos Internos de Control (OIC) fueron más allá de lo instruido por el contralor interno de la ciudad. Por oficio ordenaron a las alcaldías opositoras a suspender sus actividades TODOS los fines de semana de la elección morenista, y no sólo los sábados. Así, la instrucción fue, en un addendum con tono de militancia partidista para joder, que la suspensión fuera “de las 18 horas del día 30 de julio de 2022 hasta las 7 horas del 1 de agosto de 2022 y de las 18 horas del día 5 de agosto de 2022 hasta 7 horas del día 8 de agosto de 2022”.
Después vino el espectáculo que presentó ese partido político a toda la ciudadanía de la Ciudad de México, al país y al mundo.
Difícil imaginar la cantidad de recursos públicos empleados para el acarreo de miles de personas amenazadas con perder sus empleos o sus beneficios sociales para que apoyaran con su “voto libre y soberano” a alguno de los candidatos previamente aprobados por los precandidatos presidenciales. Imposible calcular los montos de fondos públicos usados ilegalmente (que, debe señalarse, provienen de los impuestos que los ciudadanos aportamos al erario) para la compra y reparto de cientos de miles de despensas o el pago en efectivo a esos conscientes votantes libres y soberanos.
Y, ¿qué decir de los vehículos que sirvieron para esa movilización, incluyendo los camiones de transporte público que fueron retratados en redes sociales por los mismos morenistas, críticos de la hipocresía y la conducta de sus camaradas de partido?
Lo que aconteció en la Ciudad de México fue el retrato vívido de una operación de Estado para favorecer a un partido de Estado. ¿Suena redundante? Es, en primer lugar, la repetición, en absurdo, lo que todo demócrata luchó por desterrar de nuestra cultura durante los 80 y 90 cuando buscábamos salvar a México de la “dictadura perfecta”. Por lo menos esa dictadura perfecta cuidaba las formas de operación política, sin dejar de ser una dictadura. Por eso perduró tantos años. Ahora estamos ante otro intento de creación para establecer un nuevo partido de Estado, pero ahora como una lamentable comedia, repleto de fantasías, errores, incompetencia y todas sus corruptelas expuestas en redes para el conocimiento del público en general. Han producido un espectáculo ridículo y descorazonador.
Y los oficios girados por los contralores internos no hacen más que desenmascarar el burdo intento por legalizar y encubrir las acciones de un operativo de Estado mal planificado, ilegal y turbio en su intención de violentar las leyes del país y la propia normatividad interna de ese instituto político. Queda la pregunta en el aire: ¿y la democracia y la transparencia, cuándo?
