Lo que significa decir “golpe de Estado”
El nuevo presidente brasileño empezó a descabezar órganos de inteligencia.
El recientemente inaugurado gobierno de Lula da Silva en Brasil está enfrentando los efectos de la más perniciosa y negativa política de Jair Bolsonaro, su predecesor en la Presidencia de su país: la militarización de la administración pública. Bolsonaro impulsó a miles de cuadros militares en todas las esferas de la administración pública del país, militarizando la seguridad pública en los gobiernos estatales. Los incrustó en las funciones centrales del Estado brasileño, como en el control de las aduanas, puertos, en la administración de aeropuertos. Además, encargó a los cuadros militares las obras públicas de construcción más importantes de su gobierno. Amplió el presupuesto público de las agencias de inteligencia y seguridad para que pudieran conocer en tiempo real todos los aconteceres del país, incluso antes que el propio Presidente. Así la confianza de Bolsonaro en los estamentos militares.
Adicionalmente, procedió a convertir a los altos mandos militares en empresarios por cuenta propia, y contando con acceso casi ilimitado a fondos públicos para impulsar sus propios proyectos, del particular interés de los altos mandos militares. La prosperidad lanzó a los generales a una posición económica más arriba de lo que se conoce como “clase media”. Se convirtieron en una nueva capa de la burguesía brasileña.
En este contexto, no fue difícil para el nuevo presidente Lula entender que todo el estamento militar, y no solamente los altos mandos, vieron con interés y “antojo” los llamados de sectores de la sociedad brasileña a que dieran el paso a una toma de poder, para evitar una alternancia “no deseada” por algunos.
Importantes mandos militares brasileños, envenenados con la manzana del poder, dejaron que masas insurrectas tomaran las instalaciones de los tres poderes del Estado brasileño en la capital, Brasilia: las oficinas del Ejecutivo, el Congreso nacional y el asiento de la Suprema Corte de Justicia. Se entiende que dejaron ir a los manifestantes, probablemente con la idea de que, para restablecer el orden, los militares serían convocados a la toma del poder y, así, evitar que se constituyera el nuevo gobierno Lula da Silva. Pero no sucedió así.
Diversas fuerzas, tanto políticas como de seguridad, intervinieron para evitar que ese escenario golpista se diera. A la postre, el nuevo presidente brasileño empezó a descabezar órganos de inteligencia y de seguridad del país porque no alertaron sobre el peligro ni intentaron frenar la turba enfurecida. El acto más relevante fue, hasta ahora, la destitución del jefe máximo del Ejército, que se negó a actuar contra los manifestantes. También ha removido a autoridades civiles que aparentemente motivaron a los manifestantes a actuar de esa forma.
El mismo expresidente Bolsonaro está siendo investigado por su posible participación en los eventos que sacudieron a Brasil, a pesar de encontrarse viviendo en Estados Unidos.
Es relevante que, igual que Bolsonaro, el presidente López Obrador está creando condiciones parecidas para que los militares mexicanos estén en posibilidades de una toma del poder. Como Bolsonaro, ha integrado a miles de cuadros militares en todos los niveles de la administración pública del país, como nunca había sucedido en la era moderna mexicana. Entregó enormes porciones del presupuesto público a los generales mexicanos para que lo gasten a su antojo, al margen de cualquier tipo de rendición de cuentas. Deciden sobre qué obras públicas hacer y las adjudican directamente a constructores favoritos (¿o familiares?) para que las realicen. Controlan todos los aeropuertos importantes del país, los puertos y las aduanas. Se encargan de la seguridad pública en todos los estados gobernados por Morena y disponen de la Guardia Nacional para el control de masas en la Ciudad de México, empezando por el Metro. Ingenieros militares vigilan los talleres del Metro y construyen los proyectos férreos más importantes de la nación. El nuevo subsecretario de Seguridad Pública nacional es militar. Un militar está encargado de la inteligencia del Estado y espía a los opositores señalados por el Presidente.
Adicionalmente, los cuerpos militares patrullan, desde ahora, las carreteras federales, los caminos secundarios, caminos de terracería y brechas del país. El Ejército tiene cuarteles y puestos de vigilancia en todo el territorio nacional y prepara lo mismo para la Guardia Nacional, con sus propios cuarteles.
Según los Guacamaya Leaks, la Secretaría de la Defensa Nacional está en condiciones y situado para tomar el control del país en cualquier momento. La Guardia Nacional está preparándose para el control de protestas y manifestaciones masivas contra el gobierno. La pregunta es, ¿para qué manifestaciones masivas se están preparando?
Algunos generales mexicanos se han expresado abiertamente a favor del modelo ideológico de López Obrador. Entonces existe un estímulo, no sólo de interés económico, sino también político-ideológico de su parte para participar en una conspiración continuista e impositiva de la 4T, especialmente en caso de perder las elecciones en 2024.
Los militares brasileños le marcaron un camino a seguir a los pares mexicanos. Un camino que lleva a romper el acuerdo democrático y promover el continuismo autoritario y militarista. No es un accidente que la frase “golpe de Estado” salga de la boca de López Obrador cada vez con mayor frecuencia en cualquier contexto. Obviamente, trae esa opción en mente.
