La República dividida caerá
En México estas dos concepciones han asomado la cabeza en la contienda electoral y colocan a nuestro país ante la disyuntiva de optar por uno de los dos bloques. ¿México continuará siendo liberal u optará por ser una nación iliberal?
Así como algunos etiquetan como “neoliberal" a todos sus objetos de odio, hay también quienes pregonan que el concepto de “liberalismo" puede resumir los orígenes y propósitos de una sociedad moderna, funcional y democrática.
Usar el epíteto de “neoliberalismo” tiene el propósito de denigrar y ofender, construyendo colectividad en negativo. Exaltar el “liberalismo” busca explicar y enaltecer la construcción de la buena comunión entre la sociedad.
El antiliberalismo, identificado con los postulados iliberales, concibe a la economía como dirigida hegemónicamente por el Estado. Esa hegemonía económica presupone que, para lograr los objetivos de la igualdad social, las libertades democráticas deben limitarse, especialmente la libertad de expresión, de manifestación, de pensamiento, de prensa y acceso a la información. Todas sus acciones se basan en el empoderamiento del Estado como poder burocrático hegemónico en la sociedad, asignándole un papel sustitutivo a la colectividad social.
El liberalismo, en cambio, es una doctrina que parte de la defensa del individuo y sus libertades en el contexto social, al mismo tiempo que defiende la igualdad de los individuos ante la ley y postula la conveniencia de limitar los poderes del Estado, tanto en la esfera económica como en la política social y el quehacer público.
El mundo se divide, dicho con cierta libertad literaria, entre liberalismo y el iliberalismo. El mundo liberal se compone de los aliados estratégicos o coyunturales de Estados Unidos y Europa, mientras los iliberales han encontrado cobijo bajo el manto sino-ruso. Obviamente, existe una gran cantidad de países parados sobre la barda divisoria entre ambos bloques, cuyos líderes se inclinan, con fervor y oportunismo, por uno u otro.
En México estas dos concepciones han asomado la cabeza en la contienda electoral y colocan a nuestro país ante la disyuntiva de optar por uno de los dos bloques. ¿México continuará siendo liberal u optará por ser una nación iliberal? Las diferencias entre ellos son abismales.
El iliberalismo ofrece una sociedad colectivista, burocrática y estatizada, sin contrapesos que defiendan al ciudadano. El Estado reinará sobre todo y todos. Por ello, proponen desaparecer las instituciones que hacen contrapeso al poder omnímodo del personaje-Estado que reina con poderes sin control. Desaparecer la Comisión de Nacional de Derechos Humanos es desaparecer al individuo frente al Estado. Desaparecer el Inai es desaparecer la información para una sociedad democrática. Desaparecer el INE es crear un poder dictatorial e inamovible.
El liberalismo, en cambio, plantea un esquema de gobierno con contrapesos, partiendo de un Estado con controles y tres poderes con facultades propias. No concibe a la economía como un área bajo el control y la administración del Estado, pero sí regulada para generar equilibrios económicos, políticos y sociales entre agentes económicos y clases sociales. Al contrario de la concepción colectivista, el liberalismo exalta las virtudes del individuo, de sus libertades y derechos.
Efectivamente, son ideas contrastantes y modelos políticos en conflicto. En las elecciones que se avecinan, México está obligado a definirse entre libertades individuales o el control monolítico. Tendrá que definirse entre liberalismo y la impronta iliberal.
A esto nos ha llevado el experimento social denominado la 4T. A la división, a los odios y, lo más trágico, la República dividida puede fragmentarse y caer.
