La democracia amenazada
Nicaragua, faro añoso de la izquierda revolucionaria y exitoso movimiento que derrotó a una sangrienta dictadura, se ha degenerado en un totalitarismo implacable y feroz
La amenaza a la democracia es un fenómeno mundial, no solamente en México. Uno de los saldos de la pandemia fue el aletargamiento económico mundial, provocando que los sistemas democráticos estén bajo severo cuestionamiento. Desde las derechas fascistas y las izquierdas totalitarias, regímenes que eran faros de libertad y tolerancia salieron de la pandemia y crisis económica con sociedades polarizadas y en conflicto.
El ejemplo más nítido de esto es lo que ocurre en Brasil, donde una derecha golpista está mostrando dientes contra una democracia debido a que el nuevo gobierno de izquierda y centrista apenas ganó la elección por pocos votos. Esa cercanía en números de votos le permitió al discurso polarizante crecer a niveles que hoy tiene visos de golpismo. Lo mismo sucedió con Trump y su invasión al Capitolio estadunidense, aunque la diferencia de votos era mayor. No importa la verdad: lo que importa es la intención de mantenerse en el poder.
Nicaragua, faro añoso de la izquierda revolucionaria y exitoso movimiento que derrotó a una sangrienta dictadura, se ha degenerado en un totalitarismo implacable y feroz, consumiendo a sus propios camaradas, como el dios griego Saturno devorando a su hijo. Algo parecido, y más trágico, ha sucedido con la revolución cubana, que ha devenido en una dictadura cívico-militar a la usanza de cualquier dictadura de derechas.
Los nostálgicos de la “revolución socialista”, y las nociones utópicas que la acompañan, hoy están convencidos de que la invasión rusa a Ucrania es un conflicto entre socialismo o capitalismo. O, como dice Putin, entre nazismo y el Gran Imperio Ruso. El hecho real es que esa guerra actual, tan violenta y dolorosa, pinta la línea entre la posibilidad de vivir en una sociedad abierta, plural y liberal de mercado, y otra autoritaria con una economía centralizada al mando del líder, donde la democracia no es relevante y la misoginia y el odio a la homosexualidad reinan como los faros morales de la sociedad. La guerra en Ucrania versa sobre la existencia misma de la democracia liberal y las fuerzas del autoritarismo que la quieren destruir.
Por estas preguntas tan esenciales acerca de cómo queremos vivir y desarrollarnos como sociedad, es que los conflictos que enfrentan Brasil, Nicaragua, Cuba y Ucrania-Rusia son pertinentes para México. En esencia, estamos debatiendo los mismos temas.
México se mueve entre una ambigua democracia y tendencias fuertes hacia un autoritarismo sui géneris. El gobierno de López Obrador y el movimiento que lo sigue se moviliza como nube hacia un régimen autoritario, tratando de adueñarse de los órganos del Estado, vía su desaparición o su colonización. Su idea es que una sociedad plural, democrática y tolerante es el anatema de su perspectiva de una “democracia popular”, donde las decisiones deben tomarse en la plaza pública y a mano alzada o con encuestas a modo, no en un Congreso con legisladores electos por los diversos partidos. Esa idea de democracia popular es lo que subyace en la oferta de López Obrador y los suyos, porque es mucho más fácil manipular a una masa en la plaza pública que a posiciones de distintas fuerzas con quienes habría que negociar, matizando todas las posiciones y buscando puntos de acuerdo intermedios.
Con ambigüedades y evasivas, López Obrador apoya la invasión rusa a Ucrania, pues el modelo de gobernanza que ejerce Putin se parece mucho a lo que aspira López Obrador en México. Putin también goza de la simpatía de Maduro en Venezuela y de Díaz-Canel en Cuba, habiendo viajado a Rusia para abiertamente apoyar su guerra contra Ucrania. Ortega en Nicaragua ha invitado a buques de guerra rusos a sus puertos y abre los brazos a soldados rusos en su territorio.
La impronta de no reconocer las instituciones electorales en México viene de lejos. Cuauhtémoc Cárdenas nunca fue capaz de reconocer sus derrotas electorales y estableció una ruta que siguió López Obrador. Solamente reconocen sus victorias. Ése es el gran peligro para el 2024: que López Obrador no reconozca la derrota de su candidata y se comporte como Bolsonaro en Brasil y Trump en Estados Unidos. Todos ellos traen el mismo discurso cuando se trata de elecciones competidas. Si pierde López Obrador, va a desconocer el resultado. Desde ahora es un hecho. La pregunta es si la sociedad va a aceptar ese desafío.
