Intervencionismo de AMLO
Está científicamente comprobado que para saber lo que va a hacer su gobierno hay que escuchar a López Obrador decir lo que nunca haría para tener la certeza de que eso es exactamente lo que hará.
Desde el inicio de su gobierno, López Obrador ha insistido en que aplica la interpretación clásica de la Doctrina Estrada como eje rector de su política exterior. Ha dicho, reiteradamente, que la mejor política exterior es la política interior. Pero, como es su costumbre, todo lo que anuncia que NO hará, es precisamente lo que hace en algún momento o lo tiene en mente como posibilidad. Y cuando efectivamente lo hace, vive negándolo. Gobierna mintiendo a la luz del día. De ahí su idilio con el mundo de los “otros datos”.
Está científicamente comprobado que para saber lo que va a hacer su gobierno hay que escuchar a López Obrador decir lo que nunca haría para tener la certeza de que eso es exactamente lo que hará. Ahí están los casos de la militarización (dijo lo contrario), de la política de endeudamiento (dijo que no subiría la deuda, y subió) y que respetaría a las opiniones diversas (y se dedica a agraviar a la prensa, inversionistas, emprendedores, académicos, mujeres y a quien se atreva a contradecirlo).
La Doctrina Estrada, que supuestamente guía la política exterior de López Obrador, postula la no intervención mexicana en los asuntos de otros pueblos y el respeto a su autodeterminación. Esta doctrina postula la idea de la soberanía nacional como piedra fundante de su propuesta. Establece que los gobiernos no deben juzgar, para bien o para mal, a otros gobiernos o a los cambios de gobiernos en otros países, pues hacerlo implicaría violar su soberanía. En política exterior se declaró expresamente partidario de no intervenir en los asuntos internos de otros países. Fiel a su método de jurar que nunca haría lo que sí piensa hacer, ahora trae el récord de ser el Presidente mexicano que más se ha inmiscuido en asuntos de otras naciones.
No se tiene en la memoria nacional a un Presidente que haya traído contingentes militares de manera secreta para operaciones clandestinas a México, con la excepción de Maximiliano. O que manda a su secretario de Hacienda a asesorar gobiernos de izquierda en Sudamérica que están en crisis. Menos aún la firma de la carta en días pasados metiéndose de lleno en la pelea político-partidista en Argentina apoyando a la vicepresidente de ese país, acusada de corrupción por el Poder Judicial. Esa firma es una injerencia directa en una disputa jurídica y político-partidista en ese país sureño que vive tiempos preelectorales conflictivos.
¿Qué opinaría López Obrador si gobiernos de América Latina se expresan sobre su gobierno, deseando que ganara la oposición las próximas elecciones presidenciales, como él lo hizo apoyando la candidatura presidencial de Petro durante la reciente campaña en Colombia?
Una cosa es respetar el gobierno de otro país, pero otra, muy diferente, es meterse en el lodazal de la lucha política interna de las naciones, fingiendo señalar el lado que debe triunfar.
La otra cara de la misma moneda se da cuando se tenga que tragar su indignación ante los reclamos de legisladores estadunidenses por su fallida gestión en materia económica, social y de seguridad en México, como hoy sucede con las críticas que recibe en el contexto de la disputa sobre el contenido del T-MEC. En este caso, AMLO se indigna y denuncia violaciones a la soberanía nacional, envolviéndose en la bandera tricolor cuando le aplican el mismo trato. Incluso aunque siga creyendo, al estilo de Maximiliano, que posee la “autoridad moral” para opinar sobre otros países y sus procesos internos.
Lo que sucede es que su “populismo-soberanista imperial” ya perdió toda legitimidad precisamente por su hipocresía. Puede mentirle a su pueblo y a otros gobiernos una, dos, tres veces. Pero después de años de mentiras y engaños como “estilo de gobernar”, la credibilidad de López Obrador es ya una mercancía quemada y sin credibilidad. Y, tristemente para todos, ha arrastrado la buena reputación del país México al lodazal con él.
