Entre tanta muerte, la vida sigue
El gobierno federal es notoriamente incapaz de siquiera reconocer y entender que México está de luto.
Dos muertes en la izquierda en una semana: Adolfo Gilly y Porfirio Muñoz Ledo. Ambos, cada uno a su manera, dejaron enseñanzas, tesis, rutas. Ambos militantes políticos: Adolfo, revolucionario y Porfirio, revolucionario institucional. Esa pequeña diferencia los distanciaba, aunque coincidieran en los mismos ámbitos.
El contexto en el que mueren ambos revolucionarios deja ver el desastre del país que soltaron a su suerte. La semana en que ellos murieron, murieron más mexicanos por homicidios dolosos que en cualquier otra semana del año. 602 muertes. Un promedio de 86 muertes dolosas al día en lo que va del año de 2023.
La violencia y la muerte cunden por todos los rincones de la nación. Las cifras de los muertos, después de tanto repetirlas, adormecen a la sociedad. Entre el sonsonete justificador del Presidente todos los días en su mañanera (“Es culpa de los otros, no soy yo…”) y la impotencia ante tantos hechos de crueldad inconcebible, la violencia de género también, porque va en aumento, la sociedad ingresa a una suerte de estupor de incredulidad.
Los relatos del crimen organizado en La Montaña de Guerrero asolando comunidades enteras y donde los niños son armados para defender sus casas y a sus abuelos estrujan las conciencias. La alcaldesa de Chilpancingo pacta con criminales para, por lo menos, no perder la vida, aunque no gobierne. Así todo Guerrero.
Las muertes por gracia de las guerras entre grupos criminales en Apatzingán y La Ruana, Michoacán, no se creerían si no se tuviera noticias frescas con imágenes de cuerpos desmembrados, carros bomba explotando y una Guardia Nacional que no se atreve a salir de sus cuarteles. Hipólito Mora fue testigo de todo eso, hasta que lo mataron.
En Tijuana, la presidenta municipal se muda al cuartel del Ejército en la localidad, porque no se atreve a asomar la cabeza so pena de que se la vuelen con metralla los criminales. Los cuerpos mutilados se acumulan en las calles de la ciudad. La situación no es mejor en el resto del estado libre y soberano de Baja California.
Los sacerdotes de varios estados denuncian el desgobierno, y el gobierno ataca a la Iglesia misma. Ya hay sacerdotes asesinados.
¿Y qué decir de los periodistas que arriesgan la vida para publicar lo que acontece en sus comunidades en torno al crimen organizado y pagan la osadía con sus vidas? Ayer apareció muerto el periodista Luis Martín Sánchez Íñiguez, corresponsal de La Jornada en Nayarit, en el municipio de Xalisco. La Oficina en México del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos expresó, por enésima vez, su preocupación por la indefensión de los periodistas en México y el reiterado y sistemático ataque a esos profesionales que hace el presidente López Obrador en sus mañaneras.
Y la lista sigue: Nuevo León, Zacatecas, Guanajuato, Veracruz, Chihuahua, Tamaulipas, Oaxaca, Quintana Roo, Chiapas, Jalisco, Colima… ¿Cuándo terminará la estela de sangre, muerte y tristeza en México? El gobierno federal es notoriamente incapaz de siquiera reconocer y entender que México está de luto.
A mí, personalmente, me resultan relevantes las muertes de Adolfo y Porfirio. Ambos aportaron mucho a la vida intelectual y a la democratización de México. Al país, sin embargo, le duele el festín de sangre y miedo que se apodera de la vida cotidiana conforme pasan los días. Tiempos de contrastes que merecen más reflexión y acciones certeras para salvar al país de sí mismo. Porque, a pesar de tanta muerte, la vida sigue.
