El símbolo nítido de la 4T
La ministra Yasmín Esquivel es el símbolo más nítido de la esencia misma de la 4T: hipocresía, corrupción y abuso. Y sin una gota de dignidad. Sería difícil encontrar otro ejemplo tan claro de cómo el proyecto de transformación anunciado por López Obrador ...
La ministra Yasmín Esquivel es el símbolo más nítido de la esencia misma de la 4T: hipocresía, corrupción y abuso. Y sin una gota de dignidad. Sería difícil encontrar otro ejemplo tan claro de cómo el proyecto de transformación anunciado por López Obrador se volcó en contra de sí mismo, como el uróboro, consumiéndose a sí mismo sin fin.
Todas las bondades que prometió las convirtió en lo contrario: destrucción sin fin. La ministra, que debería ser el símbolo máximo de sabiduría, independencia y generosidad, se desvaneció en la penumbra de la ignorancia, la subordinación y la mezquindad, atada a poderes fácticos corruptos, tanto políticos como económicos. Es el máximo exponente de la degradación del Estado mexicano.
La lógica de López Obrador en el poder ha sido la de exaltar la destrucción de las instituciones y capacidades del gobierno y del Estado para cumplir con sus encomiendas constitucionales. Lo dice con mucho orgullo, como si fuera su tarea central en la vida: destruir. No construir, pero sí destruir. Destruyó la capacidad de la sociedad para ser actor en la toma de decisiones. Su primer acto, al eliminar las guarderías infantiles y refugios para mujeres violentadas, era el anuncio claridoso de lo que venía: quitar a la sociedad su iniciativa propia, para hacer que dependiera de la mano del gobierno y, más directamente, de la mano del Presidente, de una persona, del líder, del dictador.
Para López Obrador, la iniciativa de la ciudadanía es algo que va contra la intención de su proyecto político, que pretende subordinar la sociedad a sus dictados. La acción autónoma e independiente de los ciudadanos va en contra de su proyecto y en contra de su interés personal.
Luego, la misma lógica se aplica a los órganos autónomos, empezando por la Suprema Corte de Justicia de la Nación, continuando por los cuerpos de supervisión de Pemex, de la evaluación de la corrupción y la transparente rendición de cuentas, para arribar, lógicamente, a la intención de destruir los órganos electorales independientes, tanto INE como el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.
En todos los casos, el proyecto era el mismo: si no podía eliminar el órgano autónomo, lo iba a colonizar con adictos a su proyecto político, aunque no tuvieran el menor conocimiento de causa de la materia en cuestión. De ahí la justificación de “90% lealtad, 10% capacidad”.
La aún ministra Esquivel es el mejor ejemplo de esa política. Por ello, el Presidente quería que ella fuera la presidente de la SCJN. Justamente para subordinar ese poder del Estado mexicano a sus intereses económicos y políticos. Pero la 4T de López Obrador está tan torcida a estas alturas del sexenio que ha perdido toda referencia ética y moral en su quehacer político.
Y esa pérdida se concatena con otro factor. Conforme se acerca el final del sexenio, el Presidente sabe de los sonados y evidentes fracasos a la vista de las políticas públicas que impulsó y la imposibilidad de justificar el dispendio del erario bajo su responsabilidad. Por tanto, busca desesperadamente contar con refugios legales y políticos ante una posible andanada de demandas en contra de su gobierno, contra los funcionarios que ejecutaron sus instrucciones y contra sí mismo al término del sexenio. Percibe que no cuenta con un futuro de certidumbre.
Uno de sus objetivos era contar con el control sobre la SCJN teniendo a Esquivel de presidente del órgano. Esa intención se evaporó con el derrumbe de la reputación, credibilidad y honestidad de la ministra. Su caída abre las puertas a una Corte con capacidad de evaluar con independencia las eventuales demandas contra el gobierno de la 4T. Es una buena noticia para la salud de la República y una mala para el presidente López Obrador.
